martes, 28 de febrero de 2017

El Centenario de la Constitución Mexicana y los Derechos Culturales

Lourdes Hernández Quiñones
(Comentario editorial del lunes 27 de febrero de 2017 en el Programa Irradia de Radio Más, conducido por Manuel Vásquez e Ileana Quiroz)

¿Por qué reflexionar en torno al centenario de la Constitución Mexicana de 1917 y el Derecho a la Cultura? Son días de carnaval en los que el ánimo y la atención se distraen en la fiesta y la celebración. Sin embargo, termina el mes de febrero y no quisiera dejar pasar la ocasión para hacer referencia al centenario de nuestra constitución y su relación con la Cultura.
El Derecho a la Cultura incluido en el año 2009 cuando fuera reformado el artículo 4º constitucional surge tarde en nuestra carta magna, sobre todo si consideramos que el derecho a la educación especificado en el artículo 3º data de hace mucho tiempo y es, inclusive, anterior a la constitución de 1917. Gracias al mandato de brindar educación laica y gratuita a la población, nuestro país pudo empezar a construir una nueva nación en la que el derecho de leer y escribir no estuviera restringido para unos cuantos como había ocurrido durante varios siglos. El artículo 3º permitió que emergiera un nuevo rostro en el país y un mayor compromiso del Estado en relación con los servicios educativos.
            No fue así con la cultura. Apenas en 1999 la diputada y actriz María Rojo presentaría la iniciativa para incluir el Derecho a la Cultura en la Constitución Mexicana, pero no sería sino diez años después, en el año 2009, cuando sería aprobada la iniciativa que reformaría al artículo 4º quedando de la manera siguiente:
“Toda persona tiene derecho al acceso a la cultura y al disfrute de los bienes y servicios que presta el Estado en la materia, así como el ejercicio de sus derechos culturales. El estado promoverá los medios para la difusión y desarrollo de la cultura, atendiendo a la diversidad cultural en todas sus manifestaciones y expresiones con pleno respeto a la libertad creativa. La ley establecerá los mecanismos para el acceso y participación a cualquier manifestación cultural”.
Me parece que en el caso de la cultura su incorporación como derecho en la Carta Magna en el año 2009 fue resultado de la presión de intelectuales e integrantes de la comunidad artística y cultural que tomaron como punto de partida la Declaración Universal de los Derechos Humanos, de 1948, que hace referencia a los derechos culturales en dos de sus artículos.
En el caso del derecho a una educación laica y gratuita, tal precepto permitió ampliar la oferta educativa en nuestro país una vez finalizada la revolución mexicana, a lo largo del siglo veinte. Es decir, el derecho constitucional dio lugar a la acción constitucional. No es así en el caso de la cultura, pues afortunadamente gozamos de los servicios y bienes culturales antes de que estos pudieran estar garantizados por la constitución, de tal manera que la acción lleva al derecho constitucional. Y aunque ello pareciera una afirmación sin sentido, algo así como qué fue primero el huevo o la gallina, considero que no hace sino reafirmar la gran relevancia de la cultura como una construcción simbólica que se vive cotidianamente y de manera natural, permitiéndonos transitar el siglo XXI en un contexto de diversidad, definiendo rutas y senderos culturales.
Faltan, desde luego, muchas consideraciones y condiciones para hacer realidad el párrafo 9º del artículo 4º de la Constitución Mexicana, pues el derecho se refiere principalmente a la posibilidad de disfrutar de los bienes y servicios culturales que presta el Estado y, lamentablemente, existen todavía muchas comunidades donde no se cuenta con los mismos. Por otro lado, aún no se cuenta con la Ley de Cultura que deberá señalar los preceptos para garantizar los derechos culturales establecidos en la constitución. A partir del inicio de este año, se constituyó un grupo de expertos que se encuentran trabajando en la iniciativa de Ley, pero todavía es asignatura pendiente.
Habrá que agregar que en Veracruz se cuenta desde el año 2010, con la Ley para el Desarrollo Cultural del Estado que no cuenta todavía con la Ley Reglamentaria por lo que no ha podido entrar en vigor. Ahora habrá que esperar a la Ley de Cultura federal. Y convocar a todas las musas y a los presupuestos correspondientes para que al sector cultural se le dé el trato que merece, desde la perspectiva de los derechos culturales.







lunes, 20 de febrero de 2017

Polìticas Culturales y Participación Ciudadana

Lourdes Hernández Quiñones
(Comentario editorial en el programa Irradia, de Radio Más, el lunes 20 de febrero de 2017. Conducción de Manuel Vázquez e Ileana Quiroz)

A partir del mes de enero y por invitacion de Manuel Vázquez, Subdirector de Radio Más, hemos estado abordando temas referentes a lo cultural en el programa Irradia. Este texto forma parte de tales comentarios editoriales.


Quisiera compartir con los radioescuchas una reflexión que ha estado rondando por mi cabeza en los últimos tres meses y, particularmente en las últimas dos semanas. En uno de estos lunes aquí en Irradia, Manuel preguntaba dónde quedan las culturas juveniles, la contracultura en este universo de producción cultural. De entrada diría que afortunadamente la producción cultural juvenil es una producción contestataria, que no busca los cauces oficiales para hacerse y mostrarse y que se construye a partir de la necesidad de expresar un discurso sensible e inteligente desde la población joven que por naturaleza es rebelde. Sin embargo, y quizás por ello, las políticas culturales tanto a nivel nacional como estatal, no hacen un énfasis especial en brindar apoyos para el desarrollo de diversas manifestaciones culturales de las y los jóvenes.
            De entrada, si asumimos que las políticas públicas en materia de cultura se construyen desde el Estado con el propósito de organizar el ejercicio de la administración pública y definir qué asuntos se atenderán y cuántos recursos se asignarán para dichas acciones, debemos tener presente que tales decisiones se hacen desde una hegemonía que traza sus líneas de gobierno hacia el desarrollo de acciones que legitimicen su manera de hacer gobierno. Es decir, se trazan los planes y programas de gobierno a partir de diagnósticos que arrojan un aparente rostro de la realidad sobre la que se va a actuar y las decisiones para incidir sobre las problemáticas encontradas se fundamentan en los planteamientos formulados por técnicos o especialistas en la materia.
En el caso que nos ocupa, las políticas públicas en materia de cultura o políticas culturales, ocurre lo mismo y la participación ciudadana se limita a la participación-cada día menor-de algunas personas que se atreven a presentar iniciativas o bien, solicitudes específicas de apoyo, durante los foros de consulta para los Planes de Desarrollo. Sin embargo, y esto lo han estudiado investigadores muy relevantes como Alberto Olvera y Ernesto Isunza, de la Universidad Veracruzana y Felipe Hevia, del CIESAS, el problema de la participación ciudadana es que ésta implica dos factores que a la vez son inhibidores de la misma: por un lado, las y los ciudadanos que acuden a participar en los foros de consulta o bien en consejos de participación ciudadana, son aquellos que poseen cierto conocimiento de la materia y, además, saben cómo se desarrollan las acciones de gobierno en sus diferentes órdenes. De tal manera que aquellos que no tienen tales conocimientos se sienten limitados para tomar parte en las decisiones de gobierno. Ello ocurre también en el ámbito de la cultura donde existen actores múltiples y diversos, con voces y requerimientos distintos y lograr que sean escuchadas y atendidas todas las voces es particularmente difícil aunque eso sería lo deseable.
Por otro lado, generalmente los discursos de los planes de gobierno recurren a las conferencias y convenciones de los organismos rectores de la cultura tanto a nivel internacional como  nacional, que si bien marcan rumbos necesarios e ideales, muchas veces no corresponden a las realidades de los países que habitamos el sur. Por ejemplo, el discurso más reciente habla de la cultura vinculada con el desarrollo de las naciones. Ello se puede observar con claridad en países como Estados Unidos, Inglaterra, donde las industrias creativas y las industrias culturales han generado riqueza que ha generado desarrollo. Sin embargo, en los países que estamos del lado sur, porque como dice el poeta Mario Benedetti, “el sur también existe”, la realidad es otra. Somos un país donde la producción cultural es de una riqueza extraordinaria; sin embargo, todavía no hemos logrado que dicha producción nos genere la riqueza necesaria, económicamente, para un desarrollo de las diversas regiones de nuestro país.

            Entonces, ¿cómo lograr que las políticas culturales se construyan con participación ciudadana? ¿Cómo lograr que en los planes y programas de gobierno se vean reflejadas las inquietudes y necesidades de los diversos grupos y que éstas sean atendidas a través de las acciones de gobierno? Un Estado Democrático, como el que tenemos en nuestro país, requiere diseñar nuevas estrategias para fomentar una real participación ciudadana que propicie nuevas rutas para atender la diversidad. En ese sentido debemos pensar y repensar la construcción de políticas culturales, como una tarea que parta del diálogo y del reconocimiento y respeto a la diferencia. Finalmente, lo que se busca con la construcción de políticas públicas, es hacer posible lo deseable.


viernes, 27 de noviembre de 2015

El promotor cultural ante el nuevo escenario de la gestión artística


Lourdes Hernández Quiñones

Son las universidades, generadoras del conocimiento e instancias para su distribución social, las que pueden definir con mayor precisión los rumbos por los que la cultura deberá transitar para brindar a hombres y mujeres posibilidades de desarrollo social con criterios de equidad y calidad; más oportunidades para su disfrute y creación, y un panorama de mayor amplitud para la construcción simbólica de lo cotidiano.
   Los conceptos de temporalidad y de espacio han sufrido una transformación radical, como resultado de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, sin embargo, todavía existe un amplio sector de la población que no tiene acceso a las nuevas tecnologías y vive una nueva forma de analfabetismo y de exclusión. Como lo señala la doctora Lucina Jiménez en su libro Políticas culturales en transición. Retos y escenarios de la gestión cultural en México (2006), esa transformación del sentido de la percepción del tiempo y la distancia promovida por la velocidad en la transmisión de imágenes a través de la internet, así como por la invasión de los medios masivos de comunicación en la vida cotidiana, han modificado las formas de relación de los públicos con las diversas manifestaciones culturales y, en particular, con las artes escénicas. Esta problemática la vivimos en Xalapa y en otras ciudades del estado, en donde los foros ven disminuir su público de manera alarmante. Por lo general, tal problemática se atribuye a tres factores: el exceso de actividades, la falta de coordinación entre los diversos agentes culturales que los lleva a programar actividades el mismo día a la misma hora, y una mala difusión. Lo cierto es que vivimos una época de transformación acelerada de los gustos, de los hábitos de consumo de la población y de las formas usuales de acceso y apropiación de la cultura. Por ello-dice Lucina Jiménez-cada vez es más necesario entrelazar el diseño de políticas culturales con el estudio sistemático de los hábitos de consumo cultural y las formas de percepción de los públicos. Ante la falta de educación de lo sensible el mercado lo que ha hecho es debilitar el uso del espacio público, fragmentar los públicos, imponer estéticas mediáticas y establecer estilos pasajeros. Habrá que agregar también el espectáculo que han hecho los medios masivos de la vida cotidiana.
   En esta, la llamada ciudad de las flores o la Atenas veracruzana (aunque dudo de que alguno de los nombres se conserve todavía en el imaginario colectivo como elementos descriptivos de Xalapa), ha existido a lo largo de los años y en lo particular, durante la segunda mitad del siglo XX, una actividad cultural intensa, impulsada de manera especial por la Universidad Veracruzana y por las instituciones de gobierno, entre las que se encuentran el Instituto Veracruzano de la Cultura y la ahora Secretaría de Educación de Veracruz que en sus inicios se llamaría Secretaría de Educación y Cultura y tendría entre sus atribuciones el desarrollo y promoción de actividades artísticas y culturales hasta que en el año 2006 la reingeniería de gobierno planteada por Fidel Herrera Beltrán transfirió el IVEC a la supuesta Secretaría de Turismo y Cultura, ubicando a la cultura en esta última dependencia por lo que la Secretaría de Educación dejó de ocuparse de la misma y  se olvidó de la educación artística.
   Así,  hasta iniciar el nuevo milenio, tanto en nuestro país como en Veracruz, había existido casi exclusivamente un movimiento cultural “institucionalizado”, pues partiría, con algunas excepciones, de las dependencias de gobierno como las antes mencionadas. Lo anterior permitió formar un público importante en Xalapa para las artes escénicas, en particular, para la música.
   Dicho proceso, desde las instituciones, estuvo cimentado en el trabajo de promotores que han cumplido fundamentalmente una función de programadores y de acompañamiento de los grupos. Faltó entonces, y sigue faltando en la mayoría de los casos, que dichos promotores ampliaran sus acciones y actualizaran su quehacer a los nuevos tiempos. Lamentablemente las instituciones promotoras de la cultura en nuestra entidad se han convertido en botines políticos, en donde lo que menos importa es la cultura, por lo que los gestores que allí laboran han caído en un desánimo total y su perspectiva consiste en esperar al cambio de gobierno.
   En el nuevo milenio el rostro cultural de Xalapa se ha transformado con particularidades que no son comunes en otras latitudes. De manera paralela al crecimiento anárquico de la ciudad, se ha generado un movimiento cultural independiente que surge de los propios creadores, quienes apoyados por el trabajo de algunos gestores culturales, también independientes, se han dado a la tarea de abrir nuevos espacios ante la necesidad de foros, galerías y centros culturales que las instituciones de gobierno y las universitarias manejan y que resultan insuficientes para la oferta cultural y para la demanda de la comunidad intelectual y artística. Los gestores culturales independientes han hecho esfuerzos para dar continuidad a esta actividad. Algunos lo han logrado, otros no; y han diversificado la oferta en sus espacios convirtiéndolos en cultubares, culturantros, cafés, y un largo etcétera. Esto es parte de lo que requiere actualmente: gestionar la cultura con creatividad para enfrentar los retos, incorporando a  la investigación en torno a lo cultural como una herramienta fundamental para tener elementos que nos brinden una mejor perspectiva de los escenarios donde nos movemos y de sus actores. Lo anterior, a partir de la consideración de que la creatividad es la capacidad para pensar, producir y actuar en forma innovadora o novedosa en los diversos campos del quehacer humano.
   Recordemos que la denominación de gestor cultural adoptada en nuestro país al iniciar los años noventa, había sido antecedida por la de animador y promotor cultural; y se ha hablado también de mediador cultural, o de gerentes y administradores culturales. Las distintas expresiones han respondido a un contexto histórico y a la manera de concebir esta profesión. La de animador cultural respondía a la necesidad que existía en los años setenta de animar la cultura y fomentar la creatividad cultural; años más tarde, la de mediador partiría de la idea de que es necesario fomentar la intermediación entre los agentes culturales: productores y receptores de cultura; la de gerentes y administradores hace hincapié en la necesidad de organizar la actividad cultural con principios y criterios empresariales, ya que se considera que la cultura se ha convertido en un poder público y en un importante sector económico. Esta última denominación tiene grandes carencias como es  que deja de lado las connotaciones de creatividad y los enfoques relacionados con la educación y la ciudadanía, para incidir más en los aspectos que tienen que ver con lo puramente empresarial.
   En este siglo veintiuno la denominación de gestor cultural es la que sigue empleándose, pues se considera que incluye tanto lo referente a las funciones del animador y el promotor cultural, quienes daban prioridad a la educación artística, al enriquecimiento de la creatividad de las comunidades y al fortalecimiento de la mediación entre productores y receptores de cultura; y la de administrador y gerente cultural, que pone el acento en la posibilidad de organizar la actividad cultural con principios y criterios empresariales. Este es el reto que se presenta hoy en día, seguir privilegiar el aspecto simbólico de la cultura, añadiendo elementos que puedan hacer más profesional nuestro trabajo sumando  mayor dedicación a la producción, distribución y difusión de las actividades y eventos.
   La gestión cultural como campo profesional requiere  de personas cada vez mejor capacitadas para poder enfrentar las oportunidades, los retos y los desafíos del desarrollo cultural y la formulación, implementación y evaluación de políticas culturales; entendiendo a la gestión cultural como un proceso permanente de reflexión-acción colectiva para el cambio social.
   Ante el debilitamiento del concepto de Estado Nación y una tendencia a la reducción de presupuestos para el sector cultural, en nuestro país se han ampliado los escenarios para la gestión cultural. De esta manera, además de las instituciones públicas y universitarias, se han fortalecido dos sectores más; la iniciativa privada y la industria, por un lado; por el otro, la sociedad civil. En cada uno de estos escenarios lo cultural se concibe de distintas maneras. Tal perspectiva plantea la necesidad de fomentar y fortalecer el diálogo entre los tres sectores no sólo para la promoción y desarrollo de lo cultural, sino también para la formulación amplia y diversa de políticas culturales integrales.
   Resulta fundamental ante esta perspectiva que el gestor reflexione sobre las necesidades de los diversos grupos sociales con los que deberá interactuar y considerar, como dice Jesús Martín Barbero, que la validez social y el sentido cultural de los bienes y servicios no está en ellos mismos, sino en sus modos de inserción en la cotidianidad de la gente, que es donde demuestran su capacidad de alentar y transformar la vida.
   Así, al iniciar la segunda década del siglo XXI, el gestor cultural debe ser un profesionista que conozca y analice el sector cultural para problematizar sus mecanismos de gestión/vinculación con la sociedad, para modificarlo y ampliarlo desde una perspectiva de desarrollo cultural; con la capacidad de planear, diseñar, implementar y evaluar políticas, planes, programas y proyectos culturales, con base en el análisis de los contextos sociales, ya sea desde las instituciones, las empresas o los organismos culturales; debe conocer una amplia gama de manifestaciones patrimoniales y expresiones artísticas desde la perspectiva de la creación y el consumo y generar las condiciones propicias para su producción, actualización, en relación con su entorno social.
   Ante la nueva realidad mundial, el gestor cultural debe ser capaz de incidir en las políticas culturales, reconociendo su carácter de mediador que le permite conocer tanto a los creadores, como los bienes y servicios, y sus diversos públicos. El gestor cultural debe ser capaz de ejercer una función prospectiva, al descubrir y evidenciar nuevas necesidades o problemáticas de la sociedad y despertar una preocupación en las instituciones por esos temas.
   Este profesionista debe procurar estar al tanto de nuevas sensibilidades y desarrollos conceptuales, así como discusiones recientes y posiciones críticas que le permiten visualizar maneras alternativas de concebir lo cultural; debe ser capaz de gestionar proyectos, recursos públicos, espacios de circulación y distribución, intercambios y apoyos con perspectivas de mediano y largo plazos
   El gestor cultural debe asumirse como un agente de cambio que tiene la capacidad de favorecer las condiciones propicias para la producción, la reproducción, la circulación y el consumo de las formas simbólicas y facilitar el diálogo cultural entre diversos grupos de la sociedad.
   Cuando se habla, entonces,  de la profesionalización del gestor cultural, se hace referencia tanto a la formación escolarizada ya sea en los niveles de licenciatura, maestría o doctorado,  como a la formación informal que deberá seguir teniendo a lo largo de su vida, con lecturas, experiencias y relación directa con las expresiones culturales y con la sociedad y el contexto en que éstas surgen. Un gestor cultural está siempre en formación y su actuar deberá tener incidencia en decisiones de alto nivel.
   Quien se dedica a la gestión cultural lo hace por vocación. Una vocación que de alguna manera tiene algo de activismo social. El gestor es un rebelde por naturaleza, pues está consciente de la trascendencia de las construcciones simbólicas para la definición de los rostros de las sociedades. Por ello, es también un agitador social que mueve conciencias y que trabajar a pesar del burocratismo y las indolencias de las instituciones responsables. Y aunque encuentre obstáculos y muros que buscan detener su trabajo, siempre logra caminar, pues ser gestor cultural es un compromiso de vida y de por vida.


miércoles, 21 de octubre de 2015

La muerte en Un hogar sólido, de Elena Garro

Lourdes Hernández Quiñones

La celebración de los fieles difuntos en nuestro país es un verdadero jolgorio, más cercano a la vida que a la muerte.

Las ofrendas y altares instalados en casas, comercios y en muchos espacios todavía públicos de nuestras plazas, parques y mercados, se construyen a partir de las imágenes que nos devuelven la presencia de los hombres y mujeres que forman parte de nuestra memoria. Festejamos el regreso de nuestros muertos a este mundo terrenal con la comida y las bebidas que tanto les gustaban, escuchamos sus canciones preferidas, leemos algunos de los libros que más les emocionaban y recordamos algunos de sus vicios y pasiones.

Se trata de una de las celebraciones más hermosas de México. Si bien la nostalgia por alguna ausencia reciente en ocasiones se rinde ante la tristeza y las lágrimas, éstas se ven reconfortadas por saber que por unos días nuestros difuntos regresan a visitarnos. Y digo intencionalmente saber, pues no sólo lo creemos sino que lo sabemos: la fiesta se inicia con el aire frío que precede la llegada de las ánimas en octubre, como trayendo su aliento, como dejando sentir sus pasos cercanos, como anunciando su esencia.

¿De dónde llegan nuestros difuntos?  La escritora mexicana Elena Garro (Puebla, 1920-Ciudad de México, 1998) propone en su obra de teatro Un hogar sólido (1958), que están todos reunidos en la cripta familiar y nos invita a ingresar a ésta para mirar una reunión íntima de parientes que esperan en un sin-tiempo la llegada del Juicio Final para salir de su encierro. Se trata de Don Clemente, de 60 años; Doña Gertrudis, de 40 años; Mamá Jesusita, de 80 años; Catita, de 5 años; Vicente Mejía, de 23 años; Muni, de 28 años; Eva, de 20 años y Lidia, de 32 años. Al interior de la cripta todos ellos dialogan y rememoran cómo y cuándo llegaron allí; pero el motivo principal que los reúne en la escena dramática es el arribo de una “nueva” muerta, Lilí, la joven de 32 años, situación que ven con alegría pues alguien más se les sumará  y traerá noticias de lo que acontece en el mundo de los vivos.

Garro va tejiendo su discurso teatral en un tono nostálgico, salpicado por varios momentos de humor; pero quizás la principal cualidad del texto sea  su cercanía con imágenes del realismo mágico, o mejor aún, las abundantes imágenes poéticas que va bordando la autora y que “derrumban” las paredes de la cripta, abriendo ventanas que no existen pero que son como luces de esperanza para los muertos que no esperan nada:

Clemente.˗¿Lilí, no estás contenta? Ahora tu casa es el centro del sol, el corazón de cada estrella, la raíz de todas las hierbas, el punto más sólido de cada piedra.
Muni.˗Sí, Lilí, todavía no lo sabes, pero de pronto no necesitas casa, ni necesitas río. No nadaremos en el Mezcala, seremos el Mezcala.

La dramaturga va intercalando en su discurso pistas que nos permiten situar la época en que vivieron los personajes ahora reunidos en la cripta. Se trata de una familia del estado de Chihuahua de fines del siglo diecinueve y el primer tercio del siglo veinte, conservadora, ligada a la tradición y a las “buenas maneras” que se expresa con la preocupación de las mujeres para verse hermosas al llegar la nueva presencia:

Mamá Jesusita.˗ ¡Catita! Ven acá y púleme la frente; quiero que brille como la estrella polar. Dichoso el tiempo en que yo corría por la casa como una centella, barriendo, sacudiendo el polvo que caía sobre el piano, en engañosos torrentes de oro, para luego, cuando ya cada cosa relucía como un cometa, romper el hielo de mis cubetas dejadas al sereno, y bañarme con el agua cuajada de estrellas de invierno. ¿Te acuerdas, Gertrudis? ¡Eso era vivir! Rodeada de mis niños tiesos y limpios como pizarrines.

Un hogar sólido la primera obra de Elena Garro que fuera publicada por la Universidad Veracruzana (1958) ofrece el retrato de una familia de fines del siglo diecinueve y a través de ella la autora plantea inquietudes en torno a la fragilidad de la vida, lo efímero de la vida, la transmutación del cuerpo en espíritu. Y los muertos re-viven en cada puesta en escena y nos comparten sus alegrías y tristezas; prolongan su aliento en la voz que dice, aunque sea la última ocasión en que al nombrarse, son existencia en una dimensión incierta:

Muni.−No te aflijas cuando tus ojos empiecen a desaparecer, porque entonces serás todos los ojos de los perros mirando pies absurdos.
Mamá Jesusita.−¡Ay, hijita! Ojalá y nunca te toque ser ojos de ciegos de pez ciego en lo más profundo de los mares! No sabes la impresión terrible que tuve, era como ver y no ver cosas jamás pensadas.

La voz de Elena Garro aparece en varios momentos en la voz de sus personajes, mujer polémica, de carácter rebelde, un tanto inconforme con la vida. Sus últimos años en la ciudad de Cuernavaca, al lado de su hija, transcurrieron rodeada por sus gatos y consumida por sus cigarros. Algunos diálogos que aparecen en Un hogar sólido podrían escucharse como llamadas de auxilio para reconstruir su propia vida o para salir de conflictos personales que probablemente la hacían sentir atrapada:

Lidia.−Pero todo fue inútil. Los ojos furiosos no dejaron de mirarme nunca. Si pudiera encontrar a la araña que vivió en mi casa−me decía a mí misma−, con el hilo invisible que une la flor a la luz, la manzana al perfume, la mujer al hombre, cosería amorosos párpados que cerrarían los ojos que me miran, y esta casa entraría en el orden solar. Cada balcón sería una patria diferente; sus muebles florecerían: de sus copas brotarían surtidores; de las sábanas, alfombras mágicas para viajar al sueño; de las manos de mis niños, castillos, banderas y batallas…pero no encontré el hilo, Muni…

Desde hace más de 40 años, cuando siendo niña interpreté el papel de Catita,  las voces de esos hombres y mujeres que habitan la cripta familiar construida por Elena Garro, me han acompañado durante los días de muertos y con ellos celebro la vida. Almas que en letras se dicen y se quedan en el viento de otoño, en la memoria del tiempo.





miércoles, 16 de septiembre de 2015

PRIMER FORO DE CULTURA, TURISMO Y CINEMATOGRAFÍA*


*(El foro se realizó el pasado 11 de septiembre de 2015, en la ciudad de Xalapa, Veracruz, con la presencia del senador José Yunes Zorrilla y la participación de especialistas en Turismo, Cultura y Cinematografía)

Lourdes Hernández Quiñones


Celebro que este foro se realice en el contexto de una discusión nacional derivada de la propuesta del presidente Peña Nieto para crear la Secretaría de Cultura, pues ello ha puesto a la cultura no sólo en la Agenda Mediática sino también en la Agenda Pública.
            He tenido el privilegio y la oportunidad de trabajar durante varios años en diversas instancias culturales y desde allí he podido vivir las dificultades que enfrenta el sector; y recientemente y ya desde otra posición, he sido observadora del quehacer cultural. Por ello quisiera plantear algunos puntos que en mi opinión requieren de atención:
·         Al finalizar el año 2005, Fidel Herrera Beltrán planteó la reingeniería administrativa de su gobierno que condujo a la creación de la Secretaría de Turismo, Cultura y Cinematografía y a la sectorización del Instituto Veracruzano de la Cultura en esta dependencia; a pesar que desde su creación, en 1987, el IVEC había estado sectorizado en la Secretaría de Educación y Cultura. Tal decisión tuvo como consecuencia, entre otras, el descuido de la educación artística y de la formación de públicos para el arte y la cultura. Considero necesario que el IVEC salga de la SECTURC y analizar la pertinencia de regresar dicha institución a la Secretaría de Educación o bien crear una instancia de cultura que no esté supeditada a otros sectores. El objetivo de la acción cultural no es el turismo cultural ni una cultura turística. Por supuesto que las manifestaciones y expresiones culturales y artísticas son un atractivo para los turistas, pero lo trascendente es lo que logra la cultura en las ciudades y comunidades fortaleciendo la cohesión social, propiciando el diálogo intercultural, contribuyendo a definir y construir identidades, materializando rasgos espirituales; por ello se debe evitar la turistización de la cultura.
·         Es necesario reconocer que la institución estatal responsable de la cultura en Veracruz enfrenta serios problemas desde hace varios años. Se requiere revisar y optimizar la estructura del Instituto Veracruzano de la Cultura. No existe  un área destinada al fomento de las Artes Escénicas ni una de vinculación internacional, ni de comercialización de productos culturales, entre otras. Además, al iniciar este sexenio desapareció en esa dependencia la Subdirección de Promoción y Animación Cultural a la que, entre otras funciones, le correspondía la organización de los festivales culturales que fueron asumidos por SECTURC, dejando al instituto sin un área que era muy importante para su operación y sin los recursos correspondientes.
·         Hay que revisar la Ley de Creación del IVEC, pues en ésta se plantea la existencia de un patronato que no ha existido, pero considerando la situación financiera de Veracruz sería buen momento para promoverlo y establecer estrategias que permitan al instituto allegarse de recursos. Es importante considerar que el IVEC no cuenta con recibos deducibles de impuestos por lo que no puede recibir donativos, situación que tendría que ser modificada.
·         El presupuesto que el Estado destina al Instituto Veracruzano de la Cultura es insuficiente. Dos terceras partes del presupuesto estatal se destinan al pago de nómina y servicios, quedando sólo un tercio para la operación de proyectos culturales. Y lo que es todavía más grave, ese presupuesto llega con retraso o no llega. Por ello, en los últimos diez años el IVEC ha tenido que operar sus programas y proyectos sólo con el presupuesto que la federación destina a las instituciones culturales de los estados a través de Conaculta, lo que pone en riesgo el programa de trabajo del instituto.
·         Por otra parte, es indispensable revisar la legislación en materia de cultura en Veracruz. Faltan leyes reglamentarias de la Ley del Patrimonio Cultural del Estado (2004), de la Ley para el Fomento de la Lectura y el libro (2007) y de la Ley para el Desarrollo Cultural (2010). No sé si la reglamentación de estas leyes pudiera contribuir al desarrollo cultural de Veracruz pero quiero pensar que puede ser así.
·         Los espacios culturales para las artes escénicas y para las artes visuales son insuficientes.
·         Faltan políticas de fomento a la creación, producción y distribución del Arte Popular.
·         Es necesario dar mayor promoción nacional e internacional al Museo de Arte del Estado de Veracruz en la ciudad de Orizaba, que cuenta con uno de los acervos más importantes en el país del arte mexicano del siglo XIX y al que no se le ha dado un presupuesto suficiente.
·         Hay un crecimiento desequilibrado en el desarrollo cultural de las diversas regiones de Veracruz.

Es importante destacar que si bien las instituciones culturales en el nivel estatal y en los municipios viven una situación compleja, también es cierto que la acción de los diversos actores, creadores, intelectuales, artistas, gestores y empresarios del sector han hecho posible construir proyectos de gran trascendencia entre los que cito sólo algunos como el teatro La Libertad de Abraham Oceransky; el Centro de Documentación Teatral Candileja de Francisco Beverido; La Ceiba Gráfica de Per Anderson; El Rincón de los Títeres del grupo Merequetengue. Las instituciones facilitadoras del quehacer cultural tanto en el nivel estatal como en el municipal requieren de la fortaleza que les permita ir a la par de la intensidad creativa de nuestros artistas e intelectuales.
            Sé que probablemente muchos de estos problemas tendrán que esperar a que se defina la creación de la Secretaría de Cultura a nivel federal, pues de ello dependerá la manera de trabajar en los estados. La tarea es muy compleja y requiere de un diálogo que involucre a los diversos actores culturales, así como el reconocimiento de la transversalidad del sector cultural con otros sectores. Es el momento para sumarse a la reflexión, análisis y crítica en torno al quehacer cultural y las posibilidades o los obstáculos que significa la creación de la Secretaría de Cultura a nivel federal, y la  repercusión que ello traería para las entidades culturales del país.
            Cito para concluir a Néstor García Canclini (1987),  especialista en Cultura y en Políticas Culturales, quien afirma:
Uno de los signos de que vamos hacia una superación de la crisis podría ser que los que hacemos cultura, en vez de tener que protegernos de los políticos, podamos contribuir a inventar otras formas, acordes con el estilo de cada pueblo, de participar y decidir en la política, de comprenderla y de cambiarla (p. 61).[1]





[1] García Canclini, Néstor (Editor). (1987). Políticas Culturales en América Latina. México, Editorial Grijalbo.

martes, 7 de enero de 2014

La fragilidad del Patrimonio Cultural ante la modernidad líquida del siglo XXI


Lourdes Hernández Quiñones


Introducción
El Patrimonio Cultural visto a la luz del concepto “modernidad líquida”, de Zygmunt Bauman (1), anhela recuperar la solidez que le dio origen. Si bien se trata de una construcción simbólica y como tal corre el riesgo de desmoronarse ante valores, ideologías, contextos históricos e instituciones que no requieren de su existencia para legitimarse, el Patrimonio Cultural aparece debilitado en una sociedad en la que lo relevante es el consumo de significados y no su producción.

En su más reciente obra, La cultura en el mundo de la modernidad líquida (2), Bauman plantea que las élites culturales que durante varios siglos fue posible reconocer en la cúspide de la estructura social, hoy se pueden calificar de “omnívoras”, pues éstas son capaces de incluir en su consumo cultural tanto lo más significativo de las bellas artes, como lo más gustado de la cultura popular o la difundida por los medios de comunicación y las nuevas tecnologías. De acuerdo con Bauman, de eso se trata la modernidad, de la capacidad de consumirlo todo.

Zygmunt Bauman hace una breve revisión de las propuestas de Pierre Bourdieu en su libro La distinción, criterios y bases sociales del gusto (1979), referentes a la distinción entre los grupos sociales a partir de la oferta y el consumo cultural, y reconoce que en su momento, esta publicación resultó de gran relevancia pues permitió mirar a la cultura como un factor determinante para el equilibrio del sistema y la preservación del status quo. Décadas más tarde, la sociedad transitaría hacia lo que Bauman denominó “modernidad líquida”:

“Esta modernidad se ‘liquida’ en el transcurso de una ‘modernización’ obsesiva y compulsiva que se propulsa e intensifica a sí misma, como resultado de la cual, a la manera del líquido-de ahí la elección del término-ninguna de las etapas consecutivas de la vida social puede mantener su forma durante un tiempo prolongado” (Bauman, Zygmunt, 2013, p.17).

Es en este contexto que el concepto de cultura y las funciones atribuidas a la misma han pasado de una misión social y revolucionaria, por las posibilidades de llevar a cabo una transformación social a partir de la generalización del conocimiento; a la de la preservación y legitimación de un orden social, en la que la cultura es aprovechada para la consolidación de los Estados a partir de la construcción de sus identidades y delimitaciones territoriales. Ambas funciones han cedido paso a la liquidez de la realidad social, en la que ya  no resultan convenientes las acciones para el desarrollo de ideologías ni aquellas que propicien la cohesión social.

La liquidez del concepto de cultura
Si bien el concepto de cultura es polisémico, para este ensayo usaremos el formulado por la Organización de las Naciones Unidas para la educación, la Ciencia y la Cultura, UNESCO, durante la Conferencia Mundial sobre las Políticas Culturales realizada en 1982 en México, y que se conoce como la Declaración de México sobre las Políticas Culturales:

“la cultura puede considerarse actualmente como el conjunto de los rasgos distintivos, espirituales y materiales, intelectuales y afectivos que caracterizan a una sociedad o un grupo social. Ella engloba, además de las artes y las letras, los modos de vida, los derechos fundamentales al ser humano, los sistemas de valores, las tradiciones y las creencias” (3).

Si al referirnos al concepto de cultura tomamos en cuenta lo planteado por Bauman en su más reciente obra, La cultura en el mundo de la modernidad líquida, habría que considerar que en la modernidad se lucha contra los paradigmas y todo aquello que sirva para el establecimiento de un orden; así, el concepto de cultura planteado por la UNESCO no tendría vigencia pues el mismo incluye referentes como valores,  creencias y  tradiciones, conceptos que tienen que ver con argumentos sólidos y no líquidos, con la preservación de una manera de vivir la vida, con la posibilidad de construir y reconstruir la memoria. Sin embargo, en la modernidad la cultura se concibe en su función utilitaria, ligada directamente con el mercado de consumo, en el que sólo interesa renovar las existencias para captar la atención de los posibles consumidores. De allí la necesidad de que no existan obstáculos para el libre fluir de las mercancías:

“Las fuerzas que impulsan la transformación gradual del concepto de ‘cultura’ en su encarnación moderna líquida son las mismas que contribuyen a liberar los mercados de sus limitaciones no económicas: principalmente sociales, políticas y étnicas” (Bauman, Zygmunt, 2013, p. 20).

A partir de las formulaciones teóricas de Bauman, cabría preguntarse: ¿es el concepto de cultura el que requiere replantearse ante la modernidad líquida?, ¿es la producción y el consumo cultural los términos que se han modificado en el siglo XXI ante la irrupción de las industrias culturales? En este entramado de nuevos significados, ¿dónde queda la concepción simbólica de la cultura?

El patrimonio cultural como un concepto vivo y cambiante
La dinámica de cambio propuesta por la modernidad en un contexto de globalización constituye un campo casi inasible para  los conceptos que en su sentido se vinculan con estabilidad, organización, construcción, estructura  o que buscan explicar procesos sociales históricos que a la luz de la modernidad siguen reinventándose para adecuarse a las nuevas realidades. Tal es el caso del patrimonio cultural que, al igual que otros campos y sectores, ha sufrido los embates de concepciones posmodernas, en las que la identidad y la cohesión social no tienen cabida. Para la definición de Patrimonio Cultural recurriremos de nuevo a la contenida en la Declaración de México sobre las Políticas Culturales (1982):

“El patrimonio cultural de un pueblo comprende las obras de sus artistas, arquitectos, músicos, escritores y sabios, así como las creaciones anónimas, surgidas del alma popular, el conjunto de valores que dan un sentido a la vida. Es decir, las obras materiales y no materiales que expresan la creatividad de ese pueblo: la lengua, los ritos, las creencias, los lugares y monumentos históricos, la literatura, las obras de arte y los archivos y bibliotecas” (3).

Sin embargo, es necesario puntualizar que el patrimonio cultural no existe como tal; tiene que ser identificado en un grupo social como un valor simbólico de relevancia para la comunidad, a través del consenso o, en su defecto, construido desde las instituciones políticas o desde el poder. Si bien la inclusión del término Patrimonio Cultural en los instrumentos normativos de la UNESCO es reciente (data del año 1972), sus orígenes se remontan al siglo XVIII y más concretamente a la época del romanticismo.

Llorenc Prats, profesor de la Universidad de Barcelona, en su artículo titulado El concepto de patrimonio cultural (4), señala que el patrimonio cultural es una invención y una construcción social, y puntualiza que los procesos de invención se asocian con “la capacidad de generar discursos sobre la realidad con visos de adquirir cartas de naturaleza, y, por tanto, con el poder”; mientras que la idea de construcción social se relaciona con los procesos de legitimación. Así, de acuerdo con lo que afirma Prats, el patrimonio Cultural es un proceso de construcción simbólica que tiene como propósito legitimar unos referentes a partir de una fuente de autoridad. El académico de la Universidad de Barcelona enmarca dichos procesos en un triángulo-que son los referentes simbólicos patrimoniales-y cada una corresponde a un concepto distinto: naturaleza, historia y genialidad. Así, los potenciales patrimonios culturales son definidos como tales al vincularse con alguno de los referentes antes señalados y, además, tienen que ver con los valores hegemónicos de su momento y “las versiones ideológicas de la identidad” (Llorenc Prats, 1998, p. 121). Es decir, cualquier propuesta para constituirse en Patrimonio Cultural debe estar vinculada con la naturaleza, la historia o la genialidad y además, estar sustentada en algún valor definido desde la hegemonía del momento.

Al hablar de identidad, Prats puntualiza que ésta es también una construcción social y que toda versión de una identidad es ideológica ya que responde a unas ideas y unos valores previos. “El patrimonio, mejor dicho, las diversas activaciones de determinados referentes patrimoniales, son representaciones simbólicas de estas versiones de la identidad” (Llorenc Prats, 1998, p. 121). En ese sentido quien define o activa los repertorios patrimoniales “son los poderes constituidos. El poder político fundamentalmente, los gobiernos locales, regionales, nacionales” (p. 123). Queda entonces establecido cuáles son los conceptos que ayudan a definir el Patrimonio cultural: identidad, ideología, símbolo y poder político.

Sin embargo, durante la segunda mitad del siglo veinte aprecen nuevas formas de vivir la realidad a través del disfrute de mayor tiempo de ocio, distribuido entre el turismo y los medios de comunicación; así, gran parte de la vida se convierte en un primer momento en espectáculo y, más tarde, en un artículo de consumo. Esta dinámica afecta al patrimonio cultural que, vinculado con el turismo, se convierte en una mercancía y queda sujeto a la demanda de los consumidores. Llorenc Prats alerta sobre este proceso de  transformación: “Nacen un nuevo tipo de activaciones patrimoniales cuya motivación no es ya de carácter identitario, sino abiertamente turístico y comercial, para lo cual, los referentes que se activan y los significados que se les confiere no responden ya a los diversos nosotros del nosotros que pueden representar las distintas versiones ideológicas de la identidad, sino, fundamentalmente, al nosotros de los otros, es decir, a la imagen externa y frecuentemente estereotipada que se tiene de nuestra identidad (de los protagonistas) desde los centros emisores de turismo” (Llorenc Prats, 1998, p. 126).

Un ejemplo muy claro de esta realidad es el Festival Cumbre Tajín, con el lema “Festival de la identidad”, que desde el año 2000 se realiza en un área próxima a la zona arqueológica de El Tajín, allí se presentan  grupos artísticos que hablan más de los otros que del nosotros, atrayendo a un número importante de visitantes que no aprecian los valores simbólicos de la cultura totonaca, sino que asisten al lugar para escuchar a grupos de música tanto nacionales como internacionales. Quizás sea una muestra de cómo los ciudadanos de hoy-tal y como lo comenta Bauman-están dispuestos a consumir todo lo que se les presenta sin cuestionar lo que se consume.


El patrimonio como producto o como espacio de intervención cultural
Las condiciones históricas que han enmarcado el desarrollo del concepto de patrimonio cultural, desde el siglo XVIII, han definido las funciones que se han conferido al mismo, ya sea como expresión de una persona o de un grupo; como legitimador del poder político; o bien como mercancía ante la hegemonía económica del siglo XXI. En cualquiera de ellas, sin embargo, no puede dejarse de lado su concepción simbólica y su significado como constituyente de la memoria y de la historia, así como de su función en el presente.

En relación con este tema, Eduardo Nivón, especialista en Políticas Culturales y en Patrimonio Cultural, en el libro Gestionar el patrimonio en tiempos de globalización señala lo siguiente:

“El patrimonio, entonces, no es un conjunto canónico de bienes físicos o inmateriales, sino un proceso relacionado con la actividad y la agencia humanas, un instrumento de poder simbólico, independientemente de la época histórica en que se examine. En ese sentido, el patrimonio nunca es inerte, sino una constante recreación asociada a la formación de identidades individuales, grupales o nacionales. Por tanto, lo que importa del patrimonio es la forma como son percibidos los objetos de la memoria” (5).

Resulta importante la propuesta de Nivón para mirar al patrimonio como una constante recreación, concepto con el que coincide Néstor García Canclini cuando señala “Un patrimonio reformulado que considere sus usos sociales, no desde una mera actitud defensiva, de simple rescate, sino con una visión más compleja de cómo la sociedad se apropia de su historia, puede involucrar a nuevos sectores” (6).

Nuevas miradas, como la de García Canclini, proponen considerar al patrimonio cultural desde una perspectiva ciudadana, restando solemnidad y rigidez al concepto, y asumiéndolo como una preocupación desde la sociedad no sólo por lo que significa para su historia y su pasado, sino también por lo que representa para su presente. García Canclini subraya la necesidad de abordar los  conflictos sociales que giran en torno al patrimonio cultural y que tienen que ver con cómo distintos sectores se apropian de la herencia cultural, y con la desigual participación de los grupos sociales en su formación y apropiación.

“Como espacio de disputa económica, política y simbólica, el patrimonio está atravesado por la acción de tres tipos de agentes: el sector privado, el Estado y los movimientos sociales. Las contradicciones en el uso del patrimonio tienen la forma que asume la interacción entre estos sectores en cada periodo” (García Canclini, Néstor, 1999).

Tanto Nivón como García Canclini enfatizan la concepción simbólica del patrimonio cultural, función inherente a su propia existencia. Sobre el mismo tema, Gilberto Giménez puntualiza que:

“la realidad del símbolo no se agota en su función de significación, sino que abarca también los diferentes empleos que, por medio de la significación, hacen de él los usuarios para actuar sobre el mundo y transformarlo en función de sus intereses. Dicho de otro modo: el símbolo y, por lo tanto, la cultura, no es solamente un significado producido para ser descifrado como un ‘texto’, sino también un instrumento de intervención sobre el mundo y un dispositivo de poder” (7).

Es decir, a partir de lo propuesto por Eduardo Nivón, García Canclini y Gilberto Giménez, podemos concluir que el Patrimonio Cultural es una construcción simbólica que se estructura a partir de un proceso de selección de sentidos y construcción de referentes, para ser presentado ante la sociedad como un texto que habla de uno o varios significados, y también como argumento para actuar sobre la realidad. Lo anterior permite suponer que los sentidos del Patrimonio Cultural no son necesariamente estables, sino que podrán ser transformados por la sociedad, de acuerdo con los usos y apropiaciones del mismo.

A manera de conclusión
Zygmunt Bauman ha propuesto el término de “modernidad líquida” para poder comprender mejor el fluir continuo de la realidad ante el nuevo milenio sin un rumbo claro y definido, salvo la existencia de un consumismo sin tregua. La posibilidad de dotar a todos los conceptos del adjetivo “líquido” es planteada por Bauman como la omniprescencia de este concepto en un presente que se nos escapa sin poder comprenderlo, sin paradigmas posibles, sin reflexiones ni análisis. Sin embargo, ¿cómo comprender esta realidad si no es a partir del concepto de cultura?

Bauman  confiere a la cultura la categoría de “cultura líquida”. Sin embargo, son algunas producciones culturales, los usos y consumos de bienes y servicios culturales lo que podrían emarcarse en esta etiqueta de “liquidez”, pues son los que se encuentran inmersos en la dinámica de una economía brutal. Aún en la posmodernidad, la cultura es una construcción simbólica que a través de los diversos productos culturales comunica sentidos y significados. Si bien anteriormente, la cultura permitía reconocer a los distintos sectores sociales y contribuía a su estratificación, en la actualidad ésta misma busca contribuir a la creencia de que los sectores medios se han ampliado y que gracias a los beneficios de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, el mundo  está al alcance de todos. Basta con mirar los artículos de gran consumo en la sociedad del siglo XXI: televisores, radios, teléfonos celulares, computadoras, todos aquellos dispositivos tecnológicos que permiten quedar incluidos en el sentido de la modernidad, de formar parte de este estilo de vida que identifica a los “ciudadanos del mundo”. ¿Cómo suponer que ya no existen significados en las nuevas maneras de vivir el mundo, si lo que ofrece la modernidad es la desterritorialización? Aunque exista un anhelo por borrar las fronteras entre las naciones, lo local se sigue fortaleciendo ante lo global, las identidades son una temática importante en los productos culturales, y las diferencias culturales son la esencia de la igualdad. Son las construcciones culturales las que nos permiten reconocernos como iguales en la diferencia. Si no es así, ¿cómo explicar el éxito de los tenis Converse, como un producto de gran lujo, a partir de que artistas mixtecos plasman a mano pinturas con personajes de su mundo mágico? ¿Cómo mirar a los coches wolkswagen que los huicholes han llenado con chaquira para ser exhibidos con sus construcciones simbólicas, en galerías de todo el mundo?

La sobreabundancia de productos en los almacenes exige que estos se renueven de forma permanente para responder a la exigencia de los consumidores. Se trata de un fenómeno económico atravesado por significaciones vinculadas con los modos de vida. La cultura, los conceptos y procesos culturales están en permanente construcción y reconstrucción, pues están vinculados con las dinámicas sociales; términos como historia, tradición, memoria y patrimonio son connaturales a la cultura y se requieren para mirarnos en el pasado y para poder comprender mejor nuestro estar en el presente y en el futuro. Nos decimos a través de formas culturales que resignifican permanentemente nuestro transitar por el mundo. La modernidad líquida sólo puede ser comprendida a partir de una cultura sólida que permita comprehender la complejidad de la modernidad. En este sentido,  el Patrimonio Cultural juega un papel muy importante.















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Referencias
(1)   Bauman Zygmunt (2003), Modernidad líquida, Fondo de Cultura Económica, México.
(2)   Bauman, Zygmunt (2013), La cultura en el mundo de la modernidad líquida, recuperado el 25 de noviembre de 2013, de:        www.elboomeran.com/upload/ficheros/obras/adelanto_la_cultura_en_el_mundo...pdf
(3)   Declaración de México sobre las Políticas Culturales. Conferencia Mundial sobre las Políticas Culturales (1982), recuperado el 23 de noviembre de 2013 de http://portal.unesco.org/culture/es/files/35197/11919413801mexico_sp.pdf/mexico_sp.pdf
(4)   Prat, Llorenc, El concepto de patrimonio cultural (1998), recuperado el 24 de noviembre de 2013 de www.antropologiasocial.org/contenidos/publicaciones/otautores/prats%20el%20concepto%20de%20patrimonio%20cultural.pdf
(5)   Nivón, Eduardo y Rosas, Mantecón, Ana (coordinadores) (2010), Gestionar el patrimonio en tiempos de globalización, Universidad Autónoma Metropolitana, Juan Pablos Editor, México.
(6)   García Canclini, Néstor, “Los usos sociales del Patrimonio Cultural” en Aguilar Criado, Encarnación (1999), Patrimonio Etnológico. Nuevas perspectivas de estudio, Consejería de Cultura, Junta de Andalucía, España, recuperado el 15 de abril de 2013 de http://ciudadespatrimonio.mx/descargables/Los-usos-sociales-del-patrimonio-cultural.pdf
(7)   Giménez, Gilberto, La concepción simbólica de la cultura, recuperado el 10 de octubre de 2013 de http://www.paginasprodigy.com/peimber/cultura.pdf