lunes, 10 de abril de 2017

Políticas Culturales y Gestión Cultural


(Texto leído con motivo del anuncio de la creación de la Red de Gestores Culturales de Veracruz el 4 de abril en el Instituto Cultural Realia. Xalapa, Veracruz)

Lourdes Hernández Quiñones
La utopía está en el horizonte.
Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos
 y el horizonte se corre diez pasos más allá.
¿Entonces para que sirve la utopía?
 Para eso, sirve para caminar.
Eduardo Galeano
Pequeña obertura
¿Qué son las políticas culturales? ¿Qué es la gestión cultural? ¿Todos los que somos ciudadanos de este país y de este estado, podemos participar en la construcción seguimiento y evaluación de las políticas culturales? Muchas interrogantes en torno a esta mancuerna entre Políticas culturales y gestión cultural, compleja pero  necesaria para vivir la tan anhelada democracia cultural.
Si asumimos que las políticas públicas  se construyen desde el Estado con el propósito de organizar el ejercicio de la administración pública y definir qué asuntos se atenderán y cuántos recursos se asignarán para dichas acciones, es necesario considerar también que tales decisiones se hacen desde una hegemonía  que traza sus líneas de gobierno hacia el desarrollo de acciones que ayuden a dar legitimidad a su manera de hacer gobierno. Es decir, se trazan los planes y programas de gobierno a partir de diagnósticos que arrojan un rostro de la realidad sobre la que se va a actuar y las decisiones para incidir sobre las problemáticas encontradas se fundamentan en los planteamientos formulados por técnicos o especialistas en la materia. Pero lo cierto es que todavía, en nuestro país y en el estado, la construcción de políticas públicas dista mucho de ser un proyecto de Estado con una visión de desarrollo a mediano y corto plazo.
En el caso que nos ocupa, las políticas públicas en materia de cultura o políticas culturales, ocurre lo mismo y la participación ciudadana se limita a la participación-cada día menor-de algunas personas que se atreven a presentar iniciativas o bien, solicitudes específicas de apoyo, durante los foros de consulta para los Planes de Desarrollo. Sin embargo, y esto lo han estudiado investigadores muy relevantes como Alberto Olvera y Ernesto Isunza, de la Universidad Veracruzana y Felipe Hevia, del CIESAS, el problema de la participación ciudadana es que ésta implica dos factores que a la vez son inhibidores de la misma: por un lado, las y los ciudadanos que acuden a participar en los foros de consulta o bien en consejos de participación ciudadana, son aquellos que poseen cierto conocimiento de la materia y, además, saben cómo se desarrollan las dinámicas de gobierno en sus diferentes órdenes. De tal manera que aquellos que no tienen tales conocimientos se sienten limitados para tomar parte en las decisiones de gobierno. Ello ocurre también en el ámbito de la cultura donde existen actores múltiples y diversos, con voces y requerimientos distintos y lograr que sean escuchadas y atendidas todas sus voces ha resultado complejo y particularmente difícil. Y sin embargo, la cultura está ahí, la cultura es producción y disfrute cotidiano.
Lo cierto es que, generalmente, los discursos de los planes de gobierno recurren a las conferencias y convenciones de los organismos rectores de la cultura tanto a nivel internacional como  nacional, que si bien marcan rumbos necesarios e ideales, muchas veces no corresponden a las realidades de los países que habitamos el sur de este globo terráqueo llamado tierra, pues están trazadas desde organismo hegemónicos. A veces se antoja que la UNESCO fuera itinerante, que pudiera estar un año en un país desarrollado y, al siguiente, en algún país de los nuestros. Por ejemplo, uno de los discursos de la ONU y de la UNESCO, habla del vínculo entre cultura y  desarrollo. Ello se puede observar con claridad en países como Estados Unidos, Inglaterra o Canadá, donde las industrias creativas y las industrias culturales han generado riqueza que a su vez ha generado desarrollo. Sin embargo, en los países que estamos del lado sur, porque como dice el poeta Mario Benedetti, “el sur también existe”, la realidad es otra. Somos un país donde la producción cultural es de una riqueza extraordinaria; sin embargo, todavía no hemos logrado que dicha producción nos genere la riqueza necesaria, económicamente, para el desarrollo de las diversas regiones de nuestro país., particularmente en las zonas indígenas donde la producción de bienes culturales con una fuerte carga simbólica es extraordinaria.
            Entonces, ¿cómo lograr que las políticas culturales se construyan con participación ciudadana? ¿Cómo lograr que en los planes y programas de gobierno se vean reflejadas las inquietudes y necesidades de los diversos grupos y que éstas sean atendidas a través de las acciones de gobierno? Un Estado Democrático, como el que suponemos tenemos en nuestro país, requiere diseñar nuevas estrategias para fomentar una real participación ciudadana que propicie nuevas rutas para atender la diversidad. En ese sentido debemos pensar y repensar la construcción de políticas culturales, como una tarea que parta del diálogo y del reconocimiento y respeto a la diversidad cultural. Finalmente, lo que se busca con la construcción de políticas públicas, es hacer posible lo deseable.
¿Perseguimos la utopía? Sí, para seguir caminando y trazar rutas de lo posible.
I.Primer movimiento: De las definiciones para andar los senderos de lo cultural
En ese decir –decirnos- y ser gestores y/o promotores culturales y tener como materia prima de trabajo a las producciones culturales en forma de bienes o servicios, rozamos siempre, de una u otra manera, la línea de la construcción de las políticas culturales. Ya sea porque enfrentamos limitaciones, indiferencia, obstáculos; o bien porque junto con otros actores culturales construimos las rutas para encauzar las expresiones simbólicas. Sabemos de los programas implementados por las instituciones federales, estatales o municipales, aunque esto último es bastante extraño; conocemos de fundaciones o bien organismos internacionales que otorgan apoyos de distinta índole para proyectos culturales y conocemos a más de un actor de lo cultural –llámese artista, intelectual, artesano, artista popular, ejecutante, creador-. Sin temor a exageraciones, me parece que nadie mejor que el gestor cultural tiene el termómetro de lo que acontece en ese ámbito; fundamentalmente si se trata de un promotor cultural sensible que privilegia en su quehacer el diálogo y se reconoce como una pieza importante de la acción cultural. Aquel que vive la experiencia cultural con entrega y profesionalismo; el que se reconoce como mediador entre el trabajo de los artistas, intelectuales, artesanos, empresarios culturales y el público consumidor. El promotor o gestor cultural que ve la cultura como un proceso y no como un producto y que por ello es capaz de reconocer su importancia “como producción simbólica, constructora de ciudadanía y factor clave para la economía” (Turino, 2013).
En esta construcción de Políticas Culturales desde la ciudadanía resulta muy significativo el Documento Orientador Hacia una Ley General de Derechos Culturales de México (2017) que fue presentado en la Cámara de Diputados de México, el pasado15 de marzo y en el que intervino un grupo formado por académicos, investigadores, intelectuales, abogados y promotores culturales entre los que destacan Carlos Villaseñor, Lucina Jiménez, Raúl Ávila y Carlos Lara, y en el que se incluyeron varios apartados que hacen referencia a la participación de los promotores y gestores culturales. Si bien esta propuesta entregada a la Cámara de Diputados-junto con otras cuatro- no ha sido aprobada, el sólo hecho de que se reconozca la figura del promotor y gestor cultural en un documento que podría dar sustento legal al sector cultural, merece ya nuestro reconocimiento y, sobre todo, nuestro júbilo al saber que esta profesión va encontrando su lugarcito en esta realidad donde a veces parecemos ser ignorados.
¿Cuáles son esas menciones? Dicha iniciativa de Ley nos incluye en sus  considerandos:
“Que el Estado Mexicano reconoce el papel de los artistas, promotores, gestores e investigadores en el desarrollo cultural y su contribución al cumplimiento de los derechos culturales y su contribución cultural, social y económica, por lo que establece la importancia de su participación activa en la elaboración de las políticas culturales nacionales, el fortalecimiento de sus vínculos sociales y comunitarios, así como la mejora de sus condiciones de creación, producción y difusión nacionales e internacionales”(Documento Orientador Hacia una Ley General de Derechos Culturales de México, 15 de marzo de 2017).
Más adelante establece en su artículo 3º Definiciones, lo que se entiende por:

Política Cultural Nacional: Conjunto de principios, orientaciones y estrategias plasmadas en planes, programas e intervenciones de instituciones de gobierno, empresas privadas, organizaciones civiles, colectivos, pueblos y comunidades que tengan por finalidad el objeto de garantizar el acceso a los bienes y servicios culturales y el ejercicio de los derechos culturales en el territorio nacional, así como promover el desarrollo cultural sostenible, orientado hacia el bienestar, la convivencia y la paz.
Promotores y gestores culturales: Las personas expertas, técnicas, profesionales o especialistas en la promoción, gestión, administración, producción, difusión y financiamiento de actividades y servicios culturales; en los sectores público, social, privado o comunitario; en relación-de manera enunciativa más no limitativa- con el patrimonio cultural, las expresiones artísticas, la gestión cultural, el fomento a la lectura, la formación artística, cultural, cinematográfica, audiovisual, el uso de los medios de comunicación, las nuevas tecnologías o la cooperación internacional.
Y en el artículo 6º.-Principios específicos, en la fracción VIII se establece “Promoción de la participación de los sectores privado y social; así como de artistas, creadores, investigadores, promotores y gestores culturales, en el diseño, planeación, ejecución y evaluación de la política cultural”.
No sabemos, hasta el día de hoy, si dicha iniciativa presentada con el título Documento Orientador Hacia una Ley General de Derechos Culturales de México (2017) será la que permita materializar la Ley federal en torno a la cultura. Sin embargo, sí sabemos que el reconocimiento de nuestra profesión nos obliga a redoblar y fortalecer nuestras acciones en muchos sentidos y considerar que una de las tareas en las que debemos insistir es en nuestra participación en la construcción de las políticas públicas de la cultura, pero también en su seguimiento y evaluación. Creo que la organización de los diversos actores culturales en redes o colectivos es sin duda la ruta. Somos como una orquesta sinfónica en donde cada integrante es el ejecutante virtuoso de su instrumento y organizados somos una orquesta donde esas cualidades se magnifican y las voces de cada instrumento son un diálogo permanente, y por ello podemos hacernos visibles y actuantes en el escenario público que no pertenece exclusivamente al Estado y sus instituciones sino que es el escenario político donde se vive y se construye la ciudadanía y, por supuesto, la ciudadanía cultural.
Me quedo con la definición que hace Néstor García Canclini (1989) sobre  la política cultural: “El conjunto de intervenciones realizadas por el Estado, las instituciones civiles y los grupos comunitarios organizados a fin de orientar el desarrollo simbólico, satisfacer las necesidades culturales de la población y obtener consenso para un tipo de orden o de transformación social”. Me gusta esta definición pues reconoce la participación de la variedad de actores en la elaboración de las políticas, como decisiones orientadoras de lo simbólicas. Por ello estoy convencida de la necesidad de la intervención de los promotores culturales y de los demás actores culturales en el diseño de las mismas, viviendo este proceso desde una democracia cultural.
II.Segundo movimiento: Las voces de organismos culturales internacionales y las Políticas Culturales y su mirada hacia América Latina y México
Decía al iniciar mi participación que muchas de las formulaciones hechas por los organismos internacionales responsables de la cultura,  no corresponden a las realidades que vivimos en los países que estamos al sur (lo que quiere decir que no estamos en el norte y, por ello, no estamos en el desarrollo). Sin embargo, y sí quisiera dejar muy claro que reconozco que gracias a las conferencias sobre Políticas Culturales implementadas desde los años sesenta por la UNESCO, fue posible que los gobernantes y políticos del mundo pusieran atención en temas como el patrimonio cultural, la identidad y la creación artística.
En ese sentido ha sido muy relevante para nuestro país que mexicanos como Lucina Jiménez, Carlos Villaseñor y Lourdes Arizpe han tenido una presencia activa en la UNESCO con distintas funciones y responsabilidades, lo que nos ha dado oportunidad para conocer de primera mano muchas de las resoluciones como la Agenda 21 de la Cultura o la Declaración de Hangzhou, China “La Cultura: clave para el desarrollo sostenible”. Asimismo, la organización de los países iberoamericanos ha propiciado el desarrollo de la Carta Cultural Iberoamericana que reconoce el potencial artístico y cultural y establece distintas acciones posibles para el desarrollo de  nuestra región.
Me parece que uno de los documentos más importante es el que plantea la Organización Mundial de Ciudades y Gobiernos Locales Unidos (CGLU) que a partir de la Agenda 21 adoptan el documento “Cultura 21: Acciones”, donde se reconoce la importancia de los gobiernos locales para un desarrollo cultural sustentable. Ello nos plantea un reto interesante para lo que podría ser una de nuestras premisas como gestores culturales al poder incidir en la construcción, seguimiento y evaluación de las políticas públicas en materia de cultura en lo local: ¿Cómo concretar las premisas de la Agenda 21 para la construcción de Políticas Culturales Municipales, Políticas Culturales de las ciudades y Políticas Culturales Ciudadanas? Nuestra atención debe partir de las ciudades donde es posible actuar de forma inmediata y donde se carece de políticas culturales municipales que den sentido al quehacer de los ayuntamientos.
Estoy convencida de que ese debe ser nuestro siguiente paso: construir colectivamente nuestras propias políticas culturales desde nuestros territorios para que obedezcan a nuestras realidades, limitaciones y posibilidades.
En ese sentido, hago mía una de las declaraciones que se presentan en el apartado de los valores de la Agenda 21 retomados por la Organización Mundial de Ciudades y Gobiernos Locales Unidos:
Además de los gobiernos locales, es necesario que los actores de la sociedad civil, las organizaciones privadas y los ciudadanos particulares sean reconocidos como actores clave en los debates públicos, en el establecimiento de prioridades, en la elaboración de políticas y en la gestión y la evaluación de programas. La sobre institucionalización desequilibra el ecosistema cultural local tanto como la privatización. (CGLU, 2015).
III. Vivir la gestión cultural como ejercicio de los Derechos Culturales
Considero fundamental que sigamos fortaleciendo nuestro quehacer de gestores con mayores herramientas, técnicas, metodologías, con un sustento dialógico en el que la acción y la reflexión estén en constante interacción. El momento nos exige vivir la gestión cultural con la conciencia de que se trata de ejercer nuestros derechos culturales. Y ese ejercicio tiene que ver con diversos colectivos y distintos territorios que dan sentidos múltiples a lo cotidiano, donde el nos-otros es ese reconocernos en la diversidad y en la posibilidad de expresarnos culturalmente. Y también en la posibilidad de interactuar  y llegar a acuerdos con los diversos actores que confluyen en el sector cultural: sector público, sector privado y sociedad civil. Concebir a las Políticas Culturales y a nuestro quehacer de gestores y/o promotores culturales en el marco de los Derechos Culturales nos da también la oportunidad de hacer real la democracia cultural y de participar activamente en el disfrute y creación de bienes y servicios culturales, garantizando la libertad de expresión y de creación por parte de las instituciones públicas y de otras instancias relacionadas con el sector.

V. Encore. Bienvenida la Red de Gestores Culturales de Veracruz
Una de las expresiones más claras de la acción dialógica de la acción cultural a la que me he referido, es el motivo que nos congrega esta noche: la creación de la Red de Gestores Culturales de Veracruz, un colectivo de diversos profesionistas con distintos perfiles profesionales que decidieron dejar de lado una actitud pasiva ante los distintos problemas que enfrenta la cultura en Veracruz, a una posición proactiva para construir nuevos escenarios para la gestión y promoción de la cultura. Ya corresponderá a los integrantes de esta naciente organización dar los detalles. Solamente les digo que les agradezco profundamente la invitación para acompañarlos esta noche y que me siento muy feliz de la oportunidad que representa la Red para todos los que estamos interesados en el tema. Confío en que su capacidad de convocatoria permita que en unos meses esta red agrupe a promotores y gestores de diversos municipios de la entidad en el compromiso de vivir nuestro quehacer como un Derecho Cultural. ¡Bienvenida y larga vida a la Red de Gestores Culturales de Veracruz!
Xalapa, Veracruz, a 4 de abril de 2017.



















Bibliografía
Documento Orientador Hacia una Ley General de Derechos Culturales de México (2017), descargado de https://www.academia.edu/31895244/DOCUMENTO_ORIENTADOR_HACIA_UNA_LEY_GENERAL_DE_DERECHOS_CULTURALES_DE_M%C3%89XICO el 31 de marzo de 2017.

García Canclini, N. (1989). Introducción. Políticas culturales y crisis de desarrollo: un balance latinoamericano”, en Néstor García Canclini, (coord.), Políticas culturales en América Latina, Grijalbo, México, p.25.

Turino, C. (2013). Puntos de Cultura, cultura viva en movimiento, RGC Libros. Buenos Aires.


Cultura 21: Acciones. Compromisos sobre el papel de la cultura en las ciudades sostenibles (2015). CGLU, Culture 21. Agenda 21 de la Cultura.

lunes, 27 de marzo de 2017

Día Mundial del Teatro


Lourdes Hernández Quiñones
(Comentario editorial del lunes 27 de marzo de 2017 en el Programa Irradia de Radio Más, conducido por Manuel Vásquez e Ileana Quiroz)
Hoy celebramos el Día Mundial del Teatro, instaurado en 1961 por iniciativa del Instituto Internacional del Teatro (ITI). En ese contexto, cada año se da a conocer un mensaje de algún autor, director, actor o actriz de teatro. Este año el mensaje correspondió a la actriz francesa Isabelle Huppert de cuyas palabras destaco las siguientes:
“El teatro para mí es el otro, el diálogo, la ausencia de odio. La amistad entre los pueblos. No sé ahora mismo qué significa exactamente, pero creo en la comunidad, en la amistad de los espectadores y los actores, en la unión de todos a los que reúne el teatro, los que lo escriben, los que lo traducen, los que lo explican, los que lo visten, los que lo decoran, los que lo interpretan, incluso, los que van. El teatro nos protege, nos acoge... Creo de veras que nos ama... tanto como le amamos”.

Palabras de Isabelle Huppert, actriz, de las que me gustaría detenerme en aquellas que se refieren a la cualidad dialógica de la actividad teatral y que me parece encuentran su desarrollo en el encuentro que tiene lugar entre espectadores y actores; en el intercambio de ideas entre el dramaturgo y el director de teatro; entre el director y el escenógrafo; entre el escenógrafo y el iluminador. Es pues la dialógica una cualidad que nace de ser un colectivo creativo que parte de la palabra para crear la realidad escénica.

Este día me gustaría hacer mención de algunos actores (en el más amplio sentido de la palabra) fundamentales para el teatro en el estado de Veracruz, aunque me referiré a aquellos que conozco mejor en la ciudad de Xalapa. Desde la fundación de la facultad de Teatro en la Universidad Veracruzana, en 1976, la entidad ha tenido un semillero de profesionistas dedicados a construir mundos teatrales, ya sea con el respaldo de las instituciones educativas y culturales o bien desde el trabajo independiente donde asoman muchas de las mejores puestas en escena. Es necesario mencionar que parte de la problemática que se enfrenta en Veracruz tiene que ver con la falta de espacios adecuados para el desarrollo de las artes escénicas, situación que se ha buscado resolver a través de espacios independientes en los que se han adecuado pequeños foros para el desarrollo teatral.

En ese sentido habría que reconocer el trabajo de mujeres y hombres que han cedido parte de sus  espacios privados para volverlos públicos y fomentar el diálogo entre actores y actrices con el público asistente. Entre ellos mencionaré a:

Merecedes Huerta, directora teatral, quien desarrolla talleres de teatro con niños y adolescentes bajo el nombre de Literateatro y quien en la casa familiar ha construido un foro que cuenta con todos los elementos de un teatro profesional. Allí pude ver hace algunos años, la puesta en escena de Médico a palos, de Moliére, representada por un grupo de niños que irían de los 8 a los 14 años, quienes no repetían sus parlamentos sino que los comprendían y los decían con una naturalidad sorprendente, como resultado del trabajo que lleva a cabo Mercedes y que hace de estos pequeños actores unos verdaderos profesionales del teatro. Afortunadamente Literateatro ha logrado sortear las dificultades que han enfrentado muchos lugares independientes, y  sigue adelante.

Un nombre muy relevante para las artes escénicas no sólo para Veracruz, sino también para el país, es el de Abraham Oceransky, director de teatro y avecindado aquí en Xalapa desde hace ya algunos años, quien nos ha regalado puestas en escena audaces que además significan un reto para actores y actrices pues implican un trabajo de mucho compromiso y de muchas horas destinadas a la preparación física y actoral. Oceransky construyó hace algunos años el Teatro La Libertad, una carpa equipada con lo necesario para presentar no sólo sus creaciones sino también aquellas de otros grupos. Teatro La Libertad, haciendo honor a su nombre, llegó a ser un espacio de libertad para el teatro y el espectador,  en donde la calidad del quehacer escénico era garantía para los que allí asistían. Sin embargo, en el año 2016 y en la debacle del régimen de Duarte, fue otro de los espacios que se vieron afectados por la desidia de las autoridades gubernamenntales. Hasta la fecha, el maestro Oceransky, actores y actrices de la compañía teatro Studio T, y muchos de quienes  sabemos del Teatro del maestro, seguimos esperando una respuesta comprometida y honesta de las autoridades culturales. El Día Mundial del Teatro sería una fecha idónea para hacerle saber a Abraham Oceransky  que el teatro La libertad puede seguir adelante. Esa sería una verdadera celebración.

Mención aparte es la que merece el actor y director Francisco Beverido, quien desde hace ya más de veinte años, fundó  Candileja Centro de  Documentación Teatral en Xalapa, una biblioteca especializada en teatro. Paco Beverido, como buscador de tesoros, se ha dirigido por los caminos de la investigación, reuniendo documentos que dan cuenta de la distintos momentos de la historia del teatro a partir de mediados del siglo veinte, abonando a la construcción de la memoria y, con ello, a la posibilidad de reconocer el trabajo de todos aquellos que han estado involucrados en el quehacer teatral, en particular, en Veracruz.

Seguramente que en otras ciudades y municipios de Veracruz,  e inclusive, en otros estados de México, tendrán también una relación de hombres y mujeres dedicados al teatro, a quienes podremos felicitar el día de hoy, reconociendo sus aportaciones a la actividad teatral, al arte y la cultura. Hoy hemos mencionado a algunos de ellos, pero por supuesto quedan más por mencionar. Para todos ellos: ¡Feliz Día Mundial del Teatro!




lunes, 20 de marzo de 2017

De festivales e identidades


Lourdes Hernández Quiñones

(Comentario editorial del lunes 20 de marzo de 2017 en el Programa Irradia de Radio Más, conducido por Manuel Vásquez e Ileana Quiroz)

Ya en su mayoría de edad, el Festival Cumbre Tajín se realiza por décima octava ocasión en la región del Totonacapan. Y si esto se dice fácil, el desarrollo y gestión de este festival cultural ha sido tarea bastante compleja, fundamentalmente si consideramos las obscuras y terribles herencias de los pasados doce años en Veracruz que también han tenido repercusión en la organización de esta fiesta y la han colocado en la posibilidad de su cancelación.
Aún así, Cumbre Tajín ha seguido adelante. Por ello nos preguntamos ¿Cómo logra un festival cultural llegar a su décima octava edición? Me parece que el gran acierto, en este caso, ha sido el trabajo constante en la zona a través del Centro de las Artes Indígenas que ha involucrado a la población totonaca, ya sea como capacitadores o bien como asistentes a los diversos talleres  y actividades que allí se realizan; es decir, los pobladores de la zona son parte del festival de varias maneras. Así, lo que se ha realizado durante los últimos diez años en el parque takilhsukut  es una acción cultural bien fundamentada y cimentada, un ejemplo de educación artística que se hace desde la consideración de su contexto social y cultral; así, su trabajo con la comunidad totonaca ha fortalecido las bases de lo que se realiza durante el festival de forma eventual por tres o cuatro días. Esta parte, la presencia de los hombres y mujeres del lugar, es la más rica y gratificante. Claro, está la otra parte que es el show artístico en el que intervienen distintos actores y grupos artísticos, sobre todo musicales, que disfrutan muchos de los que asisten a la cumbre atraídos por el espectáculo.
Sin embargo, el festival ha llegado a su mayoría de edad, por la acción cultural promovida, entre otros, por Salomón Bazbaz, quien desde el gobierno de Miguel Alemán, ha estado presente en su organización. A través de un diálogo que me parece ha privilegiado la interculturalidad, los totonacos  y los organizadores de la cumbre han resguardado rituales, tradiciones y múltiples expresiones culturales para enseñarlas y compartirlas con aquellos asistentes interesados y emocionados por conocer y comprender nuestra cultura, a veces tan distante en la vida cotidiana de las ciudades.
Al reconocer, como lo hacen los abuelos totonacos, la existencia de tres manifestaciones patrimoniales y comunicarlo con enorme orgullo en el contexto de la cumbre y aprovechando los efectos mediáticos que ésta tiene, nos muestran una cultura viva, muy viva, que se sabe rica y diversa en comunión con el mundo que la rodea; es una riqueza patrimonial que merece la valoración de todos los que habitamos Veracruz: El Tajín, lugar sagrado; la ceremonia ritual de los voladores; y el Centro de las Artes Indígenas.
El festival Cumbre Tajín ha sabido comprender la necesidad de vincular la fiesta con la fuerza de las expresiones simbólicas para diseñar un festival que vive la tradición a la par de la modernidad, desde la cosmovisión indígena y a partir del reconocimiento de los rasgos culturales que nos dan identidad y de aquellos que se resignifican para seguir dando cohesión a los nuevos actores. Es la oportunidad de disfrutar la gastronomía: saborear tamales y bocoles; emocionarnos con el ritual de los voladores y la música que a través del tambor y la chirimía rinde culto a los cuatro puntos cardinales; rendirnos, siempre con admiración, ante los voladores que se lanzan al aire y dialogan con el viento; aprender la sabiduría de la herbolaria, de los rituales. ¿Sería difícil reproducir este mismo modelo para el desarrollo cultural de otras regiones de Veracruz?
Bien valdría la pena que la experiencia adquirida en la organización y gestión de la cumbre Tajín pudiera ser compartida. No sólo ganarían los pobladores originales de las diversas latitudes veracruzanas, sino todos los que habitamos en esta entidad, con la posibilidad de construir territorios que privilegien el diálogo y de vivir un mundo diverso que nos permita reinventarnos con cada encuentro cultural para fortalecer el tejido colectivo.
Un festival cultural como Cumbre Tajín en el que dialogan el origen y la modernidad puede ser el inicio para asegurarnos una mejor realidad vivida a partir de la cultura.


martes, 28 de febrero de 2017

El Centenario de la Constitución Mexicana y los Derechos Culturales

Lourdes Hernández Quiñones
(Comentario editorial del lunes 27 de febrero de 2017 en el Programa Irradia de Radio Más, conducido por Manuel Vásquez e Ileana Quiroz)

¿Por qué reflexionar en torno al centenario de la Constitución Mexicana de 1917 y el Derecho a la Cultura? Son días de carnaval en los que el ánimo y la atención se distraen en la fiesta y la celebración. Sin embargo, termina el mes de febrero y no quisiera dejar pasar la ocasión para hacer referencia al centenario de nuestra constitución y su relación con la Cultura.
El Derecho a la Cultura incluido en el año 2009 cuando fuera reformado el artículo 4º constitucional surge tarde en nuestra carta magna, sobre todo si consideramos que el derecho a la educación especificado en el artículo 3º data de hace mucho tiempo y es, inclusive, anterior a la constitución de 1917. Gracias al mandato de brindar educación laica y gratuita a la población, nuestro país pudo empezar a construir una nueva nación en la que el derecho de leer y escribir no estuviera restringido para unos cuantos como había ocurrido durante varios siglos. El artículo 3º permitió que emergiera un nuevo rostro en el país y un mayor compromiso del Estado en relación con los servicios educativos.
            No fue así con la cultura. Apenas en 1999 la diputada y actriz María Rojo presentaría la iniciativa para incluir el Derecho a la Cultura en la Constitución Mexicana, pero no sería sino diez años después, en el año 2009, cuando sería aprobada la iniciativa que reformaría al artículo 4º quedando de la manera siguiente:
“Toda persona tiene derecho al acceso a la cultura y al disfrute de los bienes y servicios que presta el Estado en la materia, así como el ejercicio de sus derechos culturales. El estado promoverá los medios para la difusión y desarrollo de la cultura, atendiendo a la diversidad cultural en todas sus manifestaciones y expresiones con pleno respeto a la libertad creativa. La ley establecerá los mecanismos para el acceso y participación a cualquier manifestación cultural”.
Me parece que en el caso de la cultura su incorporación como derecho en la Carta Magna en el año 2009 fue resultado de la presión de intelectuales e integrantes de la comunidad artística y cultural que tomaron como punto de partida la Declaración Universal de los Derechos Humanos, de 1948, que hace referencia a los derechos culturales en dos de sus artículos.
En el caso del derecho a una educación laica y gratuita, tal precepto permitió ampliar la oferta educativa en nuestro país una vez finalizada la revolución mexicana, a lo largo del siglo veinte. Es decir, el derecho constitucional dio lugar a la acción constitucional. No es así en el caso de la cultura, pues afortunadamente gozamos de los servicios y bienes culturales antes de que estos pudieran estar garantizados por la constitución, de tal manera que la acción lleva al derecho constitucional. Y aunque ello pareciera una afirmación sin sentido, algo así como qué fue primero el huevo o la gallina, considero que no hace sino reafirmar la gran relevancia de la cultura como una construcción simbólica que se vive cotidianamente y de manera natural, permitiéndonos transitar el siglo XXI en un contexto de diversidad, definiendo rutas y senderos culturales.
Faltan, desde luego, muchas consideraciones y condiciones para hacer realidad el párrafo 9º del artículo 4º de la Constitución Mexicana, pues el derecho se refiere principalmente a la posibilidad de disfrutar de los bienes y servicios culturales que presta el Estado y, lamentablemente, existen todavía muchas comunidades donde no se cuenta con los mismos. Por otro lado, aún no se cuenta con la Ley de Cultura que deberá señalar los preceptos para garantizar los derechos culturales establecidos en la constitución. A partir del inicio de este año, se constituyó un grupo de expertos que se encuentran trabajando en la iniciativa de Ley, pero todavía es asignatura pendiente.
Habrá que agregar que en Veracruz se cuenta desde el año 2010, con la Ley para el Desarrollo Cultural del Estado que no cuenta todavía con la Ley Reglamentaria por lo que no ha podido entrar en vigor. Ahora habrá que esperar a la Ley de Cultura federal. Y convocar a todas las musas y a los presupuestos correspondientes para que al sector cultural se le dé el trato que merece, desde la perspectiva de los derechos culturales.







lunes, 20 de febrero de 2017

Polìticas Culturales y Participación Ciudadana

Lourdes Hernández Quiñones
(Comentario editorial en el programa Irradia, de Radio Más, el lunes 20 de febrero de 2017. Conducción de Manuel Vázquez e Ileana Quiroz)

A partir del mes de enero y por invitacion de Manuel Vázquez, Subdirector de Radio Más, hemos estado abordando temas referentes a lo cultural en el programa Irradia. Este texto forma parte de tales comentarios editoriales.


Quisiera compartir con los radioescuchas una reflexión que ha estado rondando por mi cabeza en los últimos tres meses y, particularmente en las últimas dos semanas. En uno de estos lunes aquí en Irradia, Manuel preguntaba dónde quedan las culturas juveniles, la contracultura en este universo de producción cultural. De entrada diría que afortunadamente la producción cultural juvenil es una producción contestataria, que no busca los cauces oficiales para hacerse y mostrarse y que se construye a partir de la necesidad de expresar un discurso sensible e inteligente desde la población joven que por naturaleza es rebelde. Sin embargo, y quizás por ello, las políticas culturales tanto a nivel nacional como estatal, no hacen un énfasis especial en brindar apoyos para el desarrollo de diversas manifestaciones culturales de las y los jóvenes.
            De entrada, si asumimos que las políticas públicas en materia de cultura se construyen desde el Estado con el propósito de organizar el ejercicio de la administración pública y definir qué asuntos se atenderán y cuántos recursos se asignarán para dichas acciones, debemos tener presente que tales decisiones se hacen desde una hegemonía que traza sus líneas de gobierno hacia el desarrollo de acciones que legitimicen su manera de hacer gobierno. Es decir, se trazan los planes y programas de gobierno a partir de diagnósticos que arrojan un aparente rostro de la realidad sobre la que se va a actuar y las decisiones para incidir sobre las problemáticas encontradas se fundamentan en los planteamientos formulados por técnicos o especialistas en la materia.
En el caso que nos ocupa, las políticas públicas en materia de cultura o políticas culturales, ocurre lo mismo y la participación ciudadana se limita a la participación-cada día menor-de algunas personas que se atreven a presentar iniciativas o bien, solicitudes específicas de apoyo, durante los foros de consulta para los Planes de Desarrollo. Sin embargo, y esto lo han estudiado investigadores muy relevantes como Alberto Olvera y Ernesto Isunza, de la Universidad Veracruzana y Felipe Hevia, del CIESAS, el problema de la participación ciudadana es que ésta implica dos factores que a la vez son inhibidores de la misma: por un lado, las y los ciudadanos que acuden a participar en los foros de consulta o bien en consejos de participación ciudadana, son aquellos que poseen cierto conocimiento de la materia y, además, saben cómo se desarrollan las acciones de gobierno en sus diferentes órdenes. De tal manera que aquellos que no tienen tales conocimientos se sienten limitados para tomar parte en las decisiones de gobierno. Ello ocurre también en el ámbito de la cultura donde existen actores múltiples y diversos, con voces y requerimientos distintos y lograr que sean escuchadas y atendidas todas las voces es particularmente difícil aunque eso sería lo deseable.
Por otro lado, generalmente los discursos de los planes de gobierno recurren a las conferencias y convenciones de los organismos rectores de la cultura tanto a nivel internacional como  nacional, que si bien marcan rumbos necesarios e ideales, muchas veces no corresponden a las realidades de los países que habitamos el sur. Por ejemplo, el discurso más reciente habla de la cultura vinculada con el desarrollo de las naciones. Ello se puede observar con claridad en países como Estados Unidos, Inglaterra, donde las industrias creativas y las industrias culturales han generado riqueza que ha generado desarrollo. Sin embargo, en los países que estamos del lado sur, porque como dice el poeta Mario Benedetti, “el sur también existe”, la realidad es otra. Somos un país donde la producción cultural es de una riqueza extraordinaria; sin embargo, todavía no hemos logrado que dicha producción nos genere la riqueza necesaria, económicamente, para un desarrollo de las diversas regiones de nuestro país.

            Entonces, ¿cómo lograr que las políticas culturales se construyan con participación ciudadana? ¿Cómo lograr que en los planes y programas de gobierno se vean reflejadas las inquietudes y necesidades de los diversos grupos y que éstas sean atendidas a través de las acciones de gobierno? Un Estado Democrático, como el que tenemos en nuestro país, requiere diseñar nuevas estrategias para fomentar una real participación ciudadana que propicie nuevas rutas para atender la diversidad. En ese sentido debemos pensar y repensar la construcción de políticas culturales, como una tarea que parta del diálogo y del reconocimiento y respeto a la diferencia. Finalmente, lo que se busca con la construcción de políticas públicas, es hacer posible lo deseable.


viernes, 27 de noviembre de 2015

El promotor cultural ante el nuevo escenario de la gestión artística


Lourdes Hernández Quiñones

Son las universidades, generadoras del conocimiento e instancias para su distribución social, las que pueden definir con mayor precisión los rumbos por los que la cultura deberá transitar para brindar a hombres y mujeres posibilidades de desarrollo social con criterios de equidad y calidad; más oportunidades para su disfrute y creación, y un panorama de mayor amplitud para la construcción simbólica de lo cotidiano.
   Los conceptos de temporalidad y de espacio han sufrido una transformación radical, como resultado de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, sin embargo, todavía existe un amplio sector de la población que no tiene acceso a las nuevas tecnologías y vive una nueva forma de analfabetismo y de exclusión. Como lo señala la doctora Lucina Jiménez en su libro Políticas culturales en transición. Retos y escenarios de la gestión cultural en México (2006), esa transformación del sentido de la percepción del tiempo y la distancia promovida por la velocidad en la transmisión de imágenes a través de la internet, así como por la invasión de los medios masivos de comunicación en la vida cotidiana, han modificado las formas de relación de los públicos con las diversas manifestaciones culturales y, en particular, con las artes escénicas. Esta problemática la vivimos en Xalapa y en otras ciudades del estado, en donde los foros ven disminuir su público de manera alarmante. Por lo general, tal problemática se atribuye a tres factores: el exceso de actividades, la falta de coordinación entre los diversos agentes culturales que los lleva a programar actividades el mismo día a la misma hora, y una mala difusión. Lo cierto es que vivimos una época de transformación acelerada de los gustos, de los hábitos de consumo de la población y de las formas usuales de acceso y apropiación de la cultura. Por ello-dice Lucina Jiménez-cada vez es más necesario entrelazar el diseño de políticas culturales con el estudio sistemático de los hábitos de consumo cultural y las formas de percepción de los públicos. Ante la falta de educación de lo sensible el mercado lo que ha hecho es debilitar el uso del espacio público, fragmentar los públicos, imponer estéticas mediáticas y establecer estilos pasajeros. Habrá que agregar también el espectáculo que han hecho los medios masivos de la vida cotidiana.
   En esta, la llamada ciudad de las flores o la Atenas veracruzana (aunque dudo de que alguno de los nombres se conserve todavía en el imaginario colectivo como elementos descriptivos de Xalapa), ha existido a lo largo de los años y en lo particular, durante la segunda mitad del siglo XX, una actividad cultural intensa, impulsada de manera especial por la Universidad Veracruzana y por las instituciones de gobierno, entre las que se encuentran el Instituto Veracruzano de la Cultura y la ahora Secretaría de Educación de Veracruz que en sus inicios se llamaría Secretaría de Educación y Cultura y tendría entre sus atribuciones el desarrollo y promoción de actividades artísticas y culturales hasta que en el año 2006 la reingeniería de gobierno planteada por Fidel Herrera Beltrán transfirió el IVEC a la supuesta Secretaría de Turismo y Cultura, ubicando a la cultura en esta última dependencia por lo que la Secretaría de Educación dejó de ocuparse de la misma y  se olvidó de la educación artística.
   Así,  hasta iniciar el nuevo milenio, tanto en nuestro país como en Veracruz, había existido casi exclusivamente un movimiento cultural “institucionalizado”, pues partiría, con algunas excepciones, de las dependencias de gobierno como las antes mencionadas. Lo anterior permitió formar un público importante en Xalapa para las artes escénicas, en particular, para la música.
   Dicho proceso, desde las instituciones, estuvo cimentado en el trabajo de promotores que han cumplido fundamentalmente una función de programadores y de acompañamiento de los grupos. Faltó entonces, y sigue faltando en la mayoría de los casos, que dichos promotores ampliaran sus acciones y actualizaran su quehacer a los nuevos tiempos. Lamentablemente las instituciones promotoras de la cultura en nuestra entidad se han convertido en botines políticos, en donde lo que menos importa es la cultura, por lo que los gestores que allí laboran han caído en un desánimo total y su perspectiva consiste en esperar al cambio de gobierno.
   En el nuevo milenio el rostro cultural de Xalapa se ha transformado con particularidades que no son comunes en otras latitudes. De manera paralela al crecimiento anárquico de la ciudad, se ha generado un movimiento cultural independiente que surge de los propios creadores, quienes apoyados por el trabajo de algunos gestores culturales, también independientes, se han dado a la tarea de abrir nuevos espacios ante la necesidad de foros, galerías y centros culturales que las instituciones de gobierno y las universitarias manejan y que resultan insuficientes para la oferta cultural y para la demanda de la comunidad intelectual y artística. Los gestores culturales independientes han hecho esfuerzos para dar continuidad a esta actividad. Algunos lo han logrado, otros no; y han diversificado la oferta en sus espacios convirtiéndolos en cultubares, culturantros, cafés, y un largo etcétera. Esto es parte de lo que requiere actualmente: gestionar la cultura con creatividad para enfrentar los retos, incorporando a  la investigación en torno a lo cultural como una herramienta fundamental para tener elementos que nos brinden una mejor perspectiva de los escenarios donde nos movemos y de sus actores. Lo anterior, a partir de la consideración de que la creatividad es la capacidad para pensar, producir y actuar en forma innovadora o novedosa en los diversos campos del quehacer humano.
   Recordemos que la denominación de gestor cultural adoptada en nuestro país al iniciar los años noventa, había sido antecedida por la de animador y promotor cultural; y se ha hablado también de mediador cultural, o de gerentes y administradores culturales. Las distintas expresiones han respondido a un contexto histórico y a la manera de concebir esta profesión. La de animador cultural respondía a la necesidad que existía en los años setenta de animar la cultura y fomentar la creatividad cultural; años más tarde, la de mediador partiría de la idea de que es necesario fomentar la intermediación entre los agentes culturales: productores y receptores de cultura; la de gerentes y administradores hace hincapié en la necesidad de organizar la actividad cultural con principios y criterios empresariales, ya que se considera que la cultura se ha convertido en un poder público y en un importante sector económico. Esta última denominación tiene grandes carencias como es  que deja de lado las connotaciones de creatividad y los enfoques relacionados con la educación y la ciudadanía, para incidir más en los aspectos que tienen que ver con lo puramente empresarial.
   En este siglo veintiuno la denominación de gestor cultural es la que sigue empleándose, pues se considera que incluye tanto lo referente a las funciones del animador y el promotor cultural, quienes daban prioridad a la educación artística, al enriquecimiento de la creatividad de las comunidades y al fortalecimiento de la mediación entre productores y receptores de cultura; y la de administrador y gerente cultural, que pone el acento en la posibilidad de organizar la actividad cultural con principios y criterios empresariales. Este es el reto que se presenta hoy en día, seguir privilegiar el aspecto simbólico de la cultura, añadiendo elementos que puedan hacer más profesional nuestro trabajo sumando  mayor dedicación a la producción, distribución y difusión de las actividades y eventos.
   La gestión cultural como campo profesional requiere  de personas cada vez mejor capacitadas para poder enfrentar las oportunidades, los retos y los desafíos del desarrollo cultural y la formulación, implementación y evaluación de políticas culturales; entendiendo a la gestión cultural como un proceso permanente de reflexión-acción colectiva para el cambio social.
   Ante el debilitamiento del concepto de Estado Nación y una tendencia a la reducción de presupuestos para el sector cultural, en nuestro país se han ampliado los escenarios para la gestión cultural. De esta manera, además de las instituciones públicas y universitarias, se han fortalecido dos sectores más; la iniciativa privada y la industria, por un lado; por el otro, la sociedad civil. En cada uno de estos escenarios lo cultural se concibe de distintas maneras. Tal perspectiva plantea la necesidad de fomentar y fortalecer el diálogo entre los tres sectores no sólo para la promoción y desarrollo de lo cultural, sino también para la formulación amplia y diversa de políticas culturales integrales.
   Resulta fundamental ante esta perspectiva que el gestor reflexione sobre las necesidades de los diversos grupos sociales con los que deberá interactuar y considerar, como dice Jesús Martín Barbero, que la validez social y el sentido cultural de los bienes y servicios no está en ellos mismos, sino en sus modos de inserción en la cotidianidad de la gente, que es donde demuestran su capacidad de alentar y transformar la vida.
   Así, al iniciar la segunda década del siglo XXI, el gestor cultural debe ser un profesionista que conozca y analice el sector cultural para problematizar sus mecanismos de gestión/vinculación con la sociedad, para modificarlo y ampliarlo desde una perspectiva de desarrollo cultural; con la capacidad de planear, diseñar, implementar y evaluar políticas, planes, programas y proyectos culturales, con base en el análisis de los contextos sociales, ya sea desde las instituciones, las empresas o los organismos culturales; debe conocer una amplia gama de manifestaciones patrimoniales y expresiones artísticas desde la perspectiva de la creación y el consumo y generar las condiciones propicias para su producción, actualización, en relación con su entorno social.
   Ante la nueva realidad mundial, el gestor cultural debe ser capaz de incidir en las políticas culturales, reconociendo su carácter de mediador que le permite conocer tanto a los creadores, como los bienes y servicios, y sus diversos públicos. El gestor cultural debe ser capaz de ejercer una función prospectiva, al descubrir y evidenciar nuevas necesidades o problemáticas de la sociedad y despertar una preocupación en las instituciones por esos temas.
   Este profesionista debe procurar estar al tanto de nuevas sensibilidades y desarrollos conceptuales, así como discusiones recientes y posiciones críticas que le permiten visualizar maneras alternativas de concebir lo cultural; debe ser capaz de gestionar proyectos, recursos públicos, espacios de circulación y distribución, intercambios y apoyos con perspectivas de mediano y largo plazos
   El gestor cultural debe asumirse como un agente de cambio que tiene la capacidad de favorecer las condiciones propicias para la producción, la reproducción, la circulación y el consumo de las formas simbólicas y facilitar el diálogo cultural entre diversos grupos de la sociedad.
   Cuando se habla, entonces,  de la profesionalización del gestor cultural, se hace referencia tanto a la formación escolarizada ya sea en los niveles de licenciatura, maestría o doctorado,  como a la formación informal que deberá seguir teniendo a lo largo de su vida, con lecturas, experiencias y relación directa con las expresiones culturales y con la sociedad y el contexto en que éstas surgen. Un gestor cultural está siempre en formación y su actuar deberá tener incidencia en decisiones de alto nivel.
   Quien se dedica a la gestión cultural lo hace por vocación. Una vocación que de alguna manera tiene algo de activismo social. El gestor es un rebelde por naturaleza, pues está consciente de la trascendencia de las construcciones simbólicas para la definición de los rostros de las sociedades. Por ello, es también un agitador social que mueve conciencias y que trabajar a pesar del burocratismo y las indolencias de las instituciones responsables. Y aunque encuentre obstáculos y muros que buscan detener su trabajo, siempre logra caminar, pues ser gestor cultural es un compromiso de vida y de por vida.


miércoles, 21 de octubre de 2015

La muerte en Un hogar sólido, de Elena Garro

Lourdes Hernández Quiñones

La celebración de los fieles difuntos en nuestro país es un verdadero jolgorio, más cercano a la vida que a la muerte.

Las ofrendas y altares instalados en casas, comercios y en muchos espacios todavía públicos de nuestras plazas, parques y mercados, se construyen a partir de las imágenes que nos devuelven la presencia de los hombres y mujeres que forman parte de nuestra memoria. Festejamos el regreso de nuestros muertos a este mundo terrenal con la comida y las bebidas que tanto les gustaban, escuchamos sus canciones preferidas, leemos algunos de los libros que más les emocionaban y recordamos algunos de sus vicios y pasiones.

Se trata de una de las celebraciones más hermosas de México. Si bien la nostalgia por alguna ausencia reciente en ocasiones se rinde ante la tristeza y las lágrimas, éstas se ven reconfortadas por saber que por unos días nuestros difuntos regresan a visitarnos. Y digo intencionalmente saber, pues no sólo lo creemos sino que lo sabemos: la fiesta se inicia con el aire frío que precede la llegada de las ánimas en octubre, como trayendo su aliento, como dejando sentir sus pasos cercanos, como anunciando su esencia.

¿De dónde llegan nuestros difuntos?  La escritora mexicana Elena Garro (Puebla, 1920-Ciudad de México, 1998) propone en su obra de teatro Un hogar sólido (1958), que están todos reunidos en la cripta familiar y nos invita a ingresar a ésta para mirar una reunión íntima de parientes que esperan en un sin-tiempo la llegada del Juicio Final para salir de su encierro. Se trata de Don Clemente, de 60 años; Doña Gertrudis, de 40 años; Mamá Jesusita, de 80 años; Catita, de 5 años; Vicente Mejía, de 23 años; Muni, de 28 años; Eva, de 20 años y Lidia, de 32 años. Al interior de la cripta todos ellos dialogan y rememoran cómo y cuándo llegaron allí; pero el motivo principal que los reúne en la escena dramática es el arribo de una “nueva” muerta, Lilí, la joven de 32 años, situación que ven con alegría pues alguien más se les sumará  y traerá noticias de lo que acontece en el mundo de los vivos.

Garro va tejiendo su discurso teatral en un tono nostálgico, salpicado por varios momentos de humor; pero quizás la principal cualidad del texto sea  su cercanía con imágenes del realismo mágico, o mejor aún, las abundantes imágenes poéticas que va bordando la autora y que “derrumban” las paredes de la cripta, abriendo ventanas que no existen pero que son como luces de esperanza para los muertos que no esperan nada:

Clemente.˗¿Lilí, no estás contenta? Ahora tu casa es el centro del sol, el corazón de cada estrella, la raíz de todas las hierbas, el punto más sólido de cada piedra.
Muni.˗Sí, Lilí, todavía no lo sabes, pero de pronto no necesitas casa, ni necesitas río. No nadaremos en el Mezcala, seremos el Mezcala.

La dramaturga va intercalando en su discurso pistas que nos permiten situar la época en que vivieron los personajes ahora reunidos en la cripta. Se trata de una familia del estado de Chihuahua de fines del siglo diecinueve y el primer tercio del siglo veinte, conservadora, ligada a la tradición y a las “buenas maneras” que se expresa con la preocupación de las mujeres para verse hermosas al llegar la nueva presencia:

Mamá Jesusita.˗ ¡Catita! Ven acá y púleme la frente; quiero que brille como la estrella polar. Dichoso el tiempo en que yo corría por la casa como una centella, barriendo, sacudiendo el polvo que caía sobre el piano, en engañosos torrentes de oro, para luego, cuando ya cada cosa relucía como un cometa, romper el hielo de mis cubetas dejadas al sereno, y bañarme con el agua cuajada de estrellas de invierno. ¿Te acuerdas, Gertrudis? ¡Eso era vivir! Rodeada de mis niños tiesos y limpios como pizarrines.

Un hogar sólido la primera obra de Elena Garro que fuera publicada por la Universidad Veracruzana (1958) ofrece el retrato de una familia de fines del siglo diecinueve y a través de ella la autora plantea inquietudes en torno a la fragilidad de la vida, lo efímero de la vida, la transmutación del cuerpo en espíritu. Y los muertos re-viven en cada puesta en escena y nos comparten sus alegrías y tristezas; prolongan su aliento en la voz que dice, aunque sea la última ocasión en que al nombrarse, son existencia en una dimensión incierta:

Muni.−No te aflijas cuando tus ojos empiecen a desaparecer, porque entonces serás todos los ojos de los perros mirando pies absurdos.
Mamá Jesusita.−¡Ay, hijita! Ojalá y nunca te toque ser ojos de ciegos de pez ciego en lo más profundo de los mares! No sabes la impresión terrible que tuve, era como ver y no ver cosas jamás pensadas.

La voz de Elena Garro aparece en varios momentos en la voz de sus personajes, mujer polémica, de carácter rebelde, un tanto inconforme con la vida. Sus últimos años en la ciudad de Cuernavaca, al lado de su hija, transcurrieron rodeada por sus gatos y consumida por sus cigarros. Algunos diálogos que aparecen en Un hogar sólido podrían escucharse como llamadas de auxilio para reconstruir su propia vida o para salir de conflictos personales que probablemente la hacían sentir atrapada:

Lidia.−Pero todo fue inútil. Los ojos furiosos no dejaron de mirarme nunca. Si pudiera encontrar a la araña que vivió en mi casa−me decía a mí misma−, con el hilo invisible que une la flor a la luz, la manzana al perfume, la mujer al hombre, cosería amorosos párpados que cerrarían los ojos que me miran, y esta casa entraría en el orden solar. Cada balcón sería una patria diferente; sus muebles florecerían: de sus copas brotarían surtidores; de las sábanas, alfombras mágicas para viajar al sueño; de las manos de mis niños, castillos, banderas y batallas…pero no encontré el hilo, Muni…

Desde hace más de 40 años, cuando siendo niña interpreté el papel de Catita,  las voces de esos hombres y mujeres que habitan la cripta familiar construida por Elena Garro, me han acompañado durante los días de muertos y con ellos celebro la vida. Almas que en letras se dicen y se quedan en el viento de otoño, en la memoria del tiempo.